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Columnistas

La polarización, como le dicen

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Lado b

Cuando decimos que la población guatemalteca se encuentra cada vez más polarizada, entiendo que lo que queremos decir es que han desaparecido de la discusión una serie de posiciones intermedias que pudieran hacer posible un diálogo. Sin embargo, lo que deberíamos preguntarnos es cuál es el objetivo en común que llevaría a las facciones en discordia a ponerse de acuerdo por encima de sus propias discrepancias. Y es ahí donde todo comienza a desvanecerse ¿Qué objetivo en común pudiéramos tener actualmente los guatemaltecos para encontrar una solución conjunta a la crisis por la que atravesamos? Durante algún tiempo nos movió la democracia, el rechazo o el cansancio de la guerra y la dictadura, la necesidad de una Constitución, de un nuevo pacto social incluyente, de un marco legal, de un país civilizado donde hubiera oportunidades para todos. Quizá, lo más importante, era garantizar la convivencia pacífica entre distintas opiniones y el derecho a que estas pudieran ser expresadas libremente, siempre y cuando no fueran llamadas al odio, a la discriminación, a la destrucción o al exterminio. Es decir, siempre y cuando no fueran contrarias a la ley. Así, la democracia nos llevaría a la justicia, la justicia a la paz, la paz al desarrollo, el desarrollo a la modernidad y así sucesivamente. Si nos portábamos bien, del Tercer Mundo –ese lugar en donde se mataba a la gente por tener hambre y por pensar distinto– podríamos pasar al Segundo y quién quita al Primero. En fin, llegar a tener un país digno del concierto global de las naciones. Algo así era la cosa.

Un amigo mío que, en los años setenta, había sido medio hippie, medio disidente y medio revoltoso, se puso, movido por toda esta algarabía democrática, a creer de verdad en el “sistema”, ese monstruo que lo había amenazado y perseguido durante sus años mozos. Se volcó de lleno a la tecnología. Empleó sus días y sus noches en comprender el indescifrable lenguaje de las computadoras. Pagó sus deudas académicas y sacó maestrías y doctorados. Progresó. Ingresó al establishment, se convirtió en un tipo respetadísimo y obtuvo puestos importantes en el Gobierno y en la empresa privada. Hoy en día trabaja en un call center. “Algo se cayó en el camino –me dice– y ahora me dedico a joder gente”. ¿Qué se cayó? ¿La democracia, el sistema, el progreso, nosotros mismos, todo eso junto? ¿A qué hora llegó el desaliento, el descreimiento, el hartazgo, el sinsentido, el enojo, el odio, el deseo de destruir el país con toda la gente adentro? ¿A qué hora se nos cayó el futuro?

En 2015 creímos que todo lo anterior se debía a la corrupción de las estructuras políticas, a la pandilla de Otto Pérez y Roxana Baldetti, virus malignos infiltrados en el sistema que, quiera que no, nos regalaban algo que consideramos valioso: un nuevo objetivo común, tan importante como la democracia, capaz de movilizar a las masas independientemente de su credo político o religioso. Platiqué con todo el mundo, conservadores, comunistas, liberales, demócratas, socialistas, cristianos, librepensadores, budistas, indígenas y ladinos, trabajadores y empresarios, ricos y pobres, jóvenes y viejos. La revolución de las vuvuzelas. La nueva primavera democrática. Todos juntos contra la corrupción, era la consigna, el santo y seña… Hasta que… Pues, hasta que no sé qué diablos pasó y el objetivo común, el diálogo, el consenso nacional desaparecieron del panorama… Tiempo de polarización, como le dicen.

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