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Hijo de leche

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SOBREMESA

Fernando quedó huérfano pocas semanas después de su nacimiento, cuando una fiebre puerperal atacó a su madre en el lecho de parturienta, y como si el pequeño presintiera la hondura de su pérdida, se pasaba los días y las noches berreando, llorando con pequeñas lagrimitas, como reclamándole al mundo su tragedia prematura.

Lloraba mucho y se iba adelgazando a fuerza de chuparle la tristeza a la casa. No quería nada y nada lo consolaba. Ya no le gustaba el biberón con agua anisada con granitos de azúcar, ni el agüita de cereales tostados o el caldillo del agua del arroz colado con trapo que preparaban las mujeres de la casa para calmarlo. Lo rechazaba todo, hasta la leche de burra que salían a comprarle dos veces al día a la Finca el Zapote, para que el niño la tomara fresca.

Cuando todos creían que Fernando se moría de tristeza y de hambre, llegó Eulogia como mandada del cielo.

Tocó la puerta de la casa del Callejón Normal y dijo que una señora de luto con cara triste le había dado la dirección porque sabía que aquí necesitaban una nodriza.

“Fue ella”, comentaron en quedito, Manuela y Tomasa mientras ponían la jarilla del agua sobre el fuego, “fue la señora María quien la mandó agobiada por el llanto de su hijo” y se persignaban tres veces como para espantar los espíritus de los muertos.

Eulogia era una mujer indígena de Mixco, alta y espigada. Vestía una falda amplia jaspeada en azul oscuro, un güipil corto de tela de algodón y alrededor del cuello, un collar de piedritas blancas tornasoladas, el amuleto para que la leche fuera buena y nunca le faltara.

Llevaba cargando en su espalda a su hijo, un pequeño niño con sute rojo en la cabeza, recién nacido como Fernando. La acompañaba Jacinto, su otro hijo, un patojo esmirriado y descalzo de unos doce años que daba la impresión de tener siete, por flaco y temeroso, siempre detrás de la madre, como conejo asustado, agarrado de su falda como resguardándose de algo.

Eulogia y sus hijos vivieron muchos meses en la casa del abuelo. Del viejo poyo de leña de la cocina de la casa salían diariamente, humeantes pócimas, atoles, confortes y atolíos para que le abundara la leche a Eulogia; así como infusiones maravillosas de hojas de ixbut, para que la leche le brotara buena y le sentara bien a los patojos. Día y noche Eulogia realizaba el trabajo antiquísimo de ser nodriza.

Enrollaba a los dos pequeños en su perraje rojo y calladita la boca, les daba el pecho cada vez que lloraban. Se le miraba en los corredores de la casa, caminando entre brinquitos y bamboleos, cargando a memeches a las criaturas, hablándoles en lengua, calladito y suave, y me imagino que les contaría las historias de su pueblo, cuando los abuelos de sus abuelos llegaron caminado por entre las montañas a Mixco, de los milagros que les hace a los niños la virgen de Morenos, y de venados, comadrejas y ardillas que habitaban las lomas repletas de encinos de Mixco antes que aparecieran en sus tierras los caballos y los perros salvajes.

Se sentaba en el suelo sobre un perraje, o cerca del calor de la estufa, o en el filo de cama, dándoles la “chiche” a los patojos, primero a su hijo, y luego a aquel que con el tiempo, y su paciencia, se convertiría en su hijo de leche y ella en su madre indígena.

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