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Columnistas

A sangre fría

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Viaje al centro de los libros

La novela documento A sangre fría, de Truman Capote (1924-1984) se lee hoy en día como una novela y nada más, pero en 1966 fue un acontecimiento que se llevó al cine al año siguiente e hizo célebre a quien ya era un escritor famoso, nacido en Nueva Orleans, Luisiana, y residente en Nueva York. El libro se presenta como un reportaje periodístico singular sobre el asesinato sin motivo aparente de cuatro miembros de la familia Clutter en Kansas. La obra debió ser un artículo para revista, pero fue creciendo y luego se convirtió en la obra maestra de su autor.

En la nota de agradecimientos inicial, Capote aclara que lo contenido en la historia narrada proviene además de las observaciones propias, a lo encontrado en archivos oficiales, y obtenido en las entrevistas que él mismo condujo a los involucrados en el hecho, a quienes menciona a lo largo de la obra, y a prácticamente toda la comunidad del condado de Finney que lo ayudaron. Es decir, el autor elimina la posibilidad de la ficción, aunque la obra se lee en la actualidad como tal cosa. La descripción que Capote hace desde la primera línea marca un estilo, una visión, un algo que no es fotografía de un hecho particular sino expresión esencial: “El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman allá”. La fuerza del relato saca el hecho particular y lo hace trascender. Con gran detalle y atención, va expresando lo que significaba el poblado de Holcomb con sus doscientos setenta habitantes, a quienes describe como colectivo o individuos de tal manera que dejan de ser ellos, para convertirse en universales, porque el crimen de la familia Clutter, que ocurrió en tal lugar podría haber sucedido en cualquier otra parte del mundo.

La literatura le concedió al reportaje periodístico un alcance mayor. No es realismo, sino una manera de escribir lo pasajero para convertirlo en permanente, o de vida extendida, porque la eternidad no se le puede augurar a libro alguno, cuando los más antiguos no pasan de los tres mil años.

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