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Columnistas

Mayo de 1968

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Lado b

Las únicas noticias que tuve de mayo del 68 parisino, se reducen a una serie de fotografías publicadas al calor de los acontecimientos por la revista Life: muchachas y muchachos de cabellos largos enfrentándose a la Policía en calles que no estaban lejos del desastre. Había algo de rabia contenida en todo aquello, pero también mucho de algarabía y de fiesta. El lado gozoso de la revolución hasta que, con la invasión de Praga y la masacre de Tlatelolco, las cosas empezaran a tomar un giro dramático. Ese mismo giro que acompañaría todo intento de revuelta juvenil en los años setenta.

Lo que recuerdo es que en el 68 me dieron paperas. Así que buena parte de la revolución me la pasé acostado en una cama, oyendo canciones idiotas por un radio de transistores. Las canciones eran idiotas, pero tenían su encanto. Había en ellas un aire de profundo desenfado, una sensación de que lo mejor estaba por venir y había que estar lo suficientemente preparado.

A mí lo único que me unía a esa generación era el aburrimiento. Eso lo supe después. Los jóvenes se aburrían en todos lados –lo dijo Cohn Bendit– y habían decidido rebelarse. El mío de seguro provenía de las paperas, pero en el fondo siempre sospeché que se trataba de algo más amplio. Me aburrían, también, las clases y los profesores, las caras de siempre, una ciudad somnolienta y sumergida entre volcanes, esas calles donde no pasaba nada.

“La vida está en otra parte”, decía Rimbaud. Y yo, a pesar de la monotonía, tenía aún la capacidad de esperar lo extraordinario. No llegó nunca, pero eso ya es otra historia. Debajo del pavimento, era evidente que no estaba la playa, pero fue bueno creerlo. De mayo del 68 probablemente no queda nada: recuerdos amontonados, nostalgia de insurrecciones y de nuevo Rimbaud: “Aquí comienza el tiempo de los asesinos”.

*****

Entre los acontecimientos del 22 de marzo de 1968 en la universidad de Nanterre –que desembocarían en las revueltas estudiantiles del Mayo Francés–, y el suicidio de Michèle Firk en Guatemala, el 7 de septiembre de ese mismo año, hay apenas cuatro meses.

Un lapso en el que las utopías que nacieron de la algarabía libertaria que inundó las calles del barrio latino en el centro de París se dieron de bruces en una habitación de una casa de la zona 11 de la Ciudad de Guatemala, en donde una muchacha de 31 años se pegó un tiro en la cabeza. “No es vergonzoso, al contrario, hacer de la lucha revolucionaria el eje de nuestra vida”, escribió la cineasta francesa minutos antes de morir.

A partir de ahí solo quedaba el silencio. Ni las canciones ni los poemas ni las películas ni, mucho menos, sacarle la lengua a la Policía, iban a cambiar el mundo. No podían, ni siquiera, hacerlo más justo, más humano o más vivible. La Policía no andaba para películas o pedradas. Sus miembros estaban armados y eran peligrosos. Esto lo comprendió Michèle Firk cuando se vio rodeada de ellos y prefirió la muerte a la vejación y la tortura.

Firk había llegado a Guatemala un año antes, deseosa de capturar imágenes que pudieran ayudar a cambiar el orden de las cosas. Eran los años en que el cine transformaba conciencias y denunciaba la miseria de los desposeídos. Desde su llegada se vio envuelta en la crudeza de unos acontecimientos que muy poco tenían que ver con las acaloradas discusiones de los cine-clubes de barrio comprometidos políticamente. Nadie puede apropiarse de la realidad sin tomar partido y en aquellos tiempos la acción reclamaba gestos desesperados.

Se vio involucrada en el secuestro y posterior asesinato de un embajador estadounidense, hecho que pagó con su vida, justo cuando las quimeras de mayo del 68 eran arrastradas por el viento del otoño.

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