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Columnistas

Las dietas de Aída

opinion

SOBREMESA

Pocos días después de hacer cumplido cincuenta y tres años, Aída aceptó sin resentimiento ni tristeza que la vida le había negado tener pareja e hijos. “Qué le vamos a hacer” dijo, viéndose en el espejo el pelo entre canoso que comenzaba a nacerle en la comisura de la frente, y en acto total de inconsciencia y rebeldía decidió que había llegado la hora de dejar para siempre la dieta del pepino, la de la lechuga combinada con litros de té negro de Ceilán, o la peor de todas, que había encontrado en una revista francesa antes del inicio de la Segunda Gran Guerra, la de caldo con repollo morado, hojas de espinaca y pedacitos de apio dieciocho días seguidos, que cumplió únicamente por tres días, según testimonio escrito en su diario, porque en la refacción del jueves sucumbió ante una tartaleta gigante de tocino con queso gruyer.

Aída extrajo de la última gaveta de su ropero el legajo inmenso de folletos y recortes impresos de periódicos con las mil y una dietas para bajar de peso, todas “maravillosas y efectivas”, además de los cuadernillos manuscritos, en los que iba apuntando los alimentos que ingería diariamente durante las cortas temporadas de régimen alimenticio en que lograba amarrarse el pico.

Sin el menor miramiento ni curiosidad, tiró al cesto de la basura toda aquella literatura recopilada en su juventud, años intensos de ansiedad y deseo de ser delgada y famélica como demandaban los tiempos y la moda del cambio de siglo, y como quien se libera de un pasado doloroso, lleno de restricciones y miradas agudas de su madre que sin pronunciar palabra ella descifraba perfectamente: “No te comas otro pan con mantequilla”. Decidió que ya era hora de vivir sin lo riguroso y fastidioso de las dietas, sin el peso de conciencia, entonces ya tan grande y tan pesado como cada una de sus asentaderas. Aquella mañana de cambio fundamental de vida, Aída dispuso también que ya era hora de comprar un perro.

 

Ese día, la tía Aída almorzó de manera generosa. Se sirvió sin decoro dos veces macarrones en salsa de carne con tomate y roció con generosas hojuelas de queso parmesano. Estaba feliz, porque al fin se había liberado de la voz silenciosa de su madre que la acompañaba todos los tiempos de comida, la cual oía claramente en su oído derecho, cuando se sentaba a la mesa, tomaba té en la terraza o se excedía en el comer, “porque mijita, encarecidamente te pido que no repitas helado de crema de fresas, porque la obesidad será tu fiel compañera”. Entonces Aída se conformaba con las dos bolas de helado encopetadas con crema batida servidas en copa de vidrio que ya se había comido en la heladería con vistas a la Torre y al carrusel.

“He decidido comprar un perro”, comunicó Aída a su hermana Loly a la hora del postre, mientras se cortaba una nueva rebanada, más delgada sí, de pastel de almendra de la Pastelería Jensen.

El comedor era amplio y con ventanales con vista a las palmeras enanas y a los arriates de rosas reinas. Loly se sentaba en la mesa frente a Aída, al lado de la cabecera vacía que había ocupado su madre en vida, dispuesto con plato, platillos, servilleta blanca enyuquillada, cubiertos, y el vaso lleno con agua helada, al lado de la campanilla de bronce para llamar a la empleada para traer o retirar los platos de comida.

 

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Miércoles 22 de Marzo de 2017


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