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Salir del clóset

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EL BOBO DE LA CAJA

Ayer fue el día internacional de la diversidad sexual y de género, en rememoración de la fecha (17 de mayo de 1990) en que ser gay dejó de considerarse una “enfermedad mental”. No obstante, muchísimas culturas, sociedades, religiones y marcos jurídicos siguen aún sin reconocer algo tan básico como el derecho que toda persona tiene a forjar su propia identidad entre el amplísimo rango de matices que ofrece el arcoíris. Setenta países en el mundo criminalizan –con pena de muerte en algunos casos– los actos sexuales entre personas del mismo sexo.

Más que de razón, las supuestas “razones” esgrimidas para discriminar a quien no se ajusta a los encorsetados moldes de la heteronormatividad están basadas en prejuicios. Y detrás de los prejuicios está el miedo. Y detrás del miedo se oculta la ignorancia.

El asunto no sería tan grave si no atentara contra la dignidad –¡y la vida! –de tantas personas cuyo imperdonable delito consiste en tener maneras diferentes de sentir, de entenderse a sí mismos y de relacionarse con el prójimo. ¿En qué puede afectarle a alguien, por ejemplo, que yo me pinte las uñas o me ponga aretes o me inyecte hormonas? ¿A quién rayos le importa si me dejo crecer las chiches o si decido cambiarme de sexo? ¿Qué más le da al juez, al pastor, al obispo, al diputado o a la hija del vecino que una pareja de hombres, o de mujeres (en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, se entiende), busque consolidar el vínculo que los une a fin de criar hijos?

“Por cada ser humano, un género distinto”, me explicó una ex amiga transexual, y hasta el día de hoy sigo celebrando esa manera radicalmente abierta de lidiar con tan extenso abanico de posibilidades. ¿A qué me refiero? Desde un punto de vista cromosómico las opciones son sólo dos: macho o hembra. Pero ése es apenas el principio. Una vez formadas, las gónadas segregan hormonas en proporciones (y períodos de tiempo) que varían entre sujeto y sujeto, afectando el desarrollo de la personalidad, la musculatura, la cantidad de vello en el cuerpo, el tamaño de los pechos, etcétera.

Luego viene el influjo de las modas, la educación, las costumbres aprendidas, los estímulos del ambiente, el zeitgeist; es decir, todo aquello que, viniendo del exterior, termina modificando el interior. Resulta absurdo, entonces, obligarse a encasillar tan abrumadora multiplicidad de posibilidades remitiéndolas únicamente a dos estrechas categorías. ¿Y los que no somos “normales”? ¿A la hoguera? ¿Al calabozo? ¿Al manicomio?

Qué difícil ha de ser salir del clóset en un país como Guatemala. Difícil, sí; pero también reconfortante y liberador, aun si esa libertad encuentra topes y amenazas muy concretas: los insultos, la estigmatización constante, las palizas, los asesinatos selectivos.

Una veta de empatía me hace admirar su coraje. No me cuesta ponerme en sus zapatos, primero porque tengo varios amigos y amigas que pasaron por ahí y sé lo mucho que han sufrido; y segundo porque yo mismo padezco una situación similar en mi calidad de fumador ocasional de marihuana: al igual que ellas, que ellos, yo también estoy harto de tener que esconderme, de infringir la ley, de incurrir en riesgos, de sentir el desprecio de gente que considera que soy escoria por algo tan inofensivo como echarme un porro de vez en cuando.

¡Maldita sea! El día que legalicen su consumo gritaré como Leonardo DiCaprio en la proa del Titanic.

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