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(He dudado si continuar hoy con estos relatos que hablan de mis raíces, o abordar el tema de la expulsión, esta semana, de los embajadores de Suecia y de Venezuela por el llamado presidente de Guatemala, Jimmy Morales, acto que se sitúa perfectamente a la altura de la inepcia, la estupidez y la mala fe del gobernante de turno y de sus serviles marionetas en su intento de frenar la lucha contra la corrupción, lucha que se ha vuelto la principal pesadilla para buena parte de politiqueros, empresarios, grupos religiosos y evasores de impuestos, oportunistas y tramposos de diversa índole que hoy gritan a coro “¡al ladrón!” y “¡viva la soberanía!” frente a la sede de la CICIG, cuando son ellos los que pertenecen o han creado las mafias que desde 1954 robaron a mansalva, arrasaron y vendieron el país a cambio de unas rupias. Quienes en realidad deberían ser expulsados de manera inmediata de aquí, de nuestro suelo, son el Presidente y sus ministros, junto con la recua de hampones que lo apoyan en el Congreso, porque los guatemaltecos no elegimos o no avalamos a este gobierno para convertirnos en una caricatura risible, sino para resolver los problemas –de corrupción, en primer lugar–, que nos tienen podridos hasta el tuétano).

Sobre mis padres en Guatemala: eso de tener padres españoles acostumbrados a fajarse en la vida no es fácil, sobre todo para un vástago nacido aquí que lo único que ha respirado son estos aires tibios y soporíferos del país que hacen que los guatemaltecos tendamos a la indolencia y al acomodamiento ante las tareas de la vida, con nociones demasiado elásticas acerca del trabajo, el tiempo, el deber y la responsabilidad, las que en su conjunto funcionan como un chicle metafísico que cada quien mastica con parsimonia y con el que hacemos bombitas que reventamos en la imaginación sin que nada, en lo sustancial, cambie, o haga que nos convirtamos en una sociedad eficaz, próspera y pacífica. En este contexto, en mi corazón, yo chocaba a menudo con mis papás, pues su trato con la gente era para mí seco y brusco, lo que en más de una ocasión les acarreó problemas con ciertos empleados, ya que la idiosincrasia chapina, delicada y pusilánime, hace que todo ofenda, todo duela, todo hiera y asuste, y hasta yo mismo tenía la impresión de que mi madre o mi padre estaban dándole una puteada de película a alguien, cuando en realidad le estaban simplemente dando explicaciones o instrucciones sobre alguna tarea, con una voz sonora que retumbaba en las paredes y estremecía incluso a las polillas.

Todo esto hizo que hasta, digamos, el asesinato de mi padre, cuando cumplí los catorce años, mi afecto hacia ambos estuvo marcado por ambivalencias diversas, expresadas a través del apego y del rechazo. Por ejemplo, me daba vergüenza que mi padre o mi madre fueran al colegio a reclamar a los curas o a algún profesor algo que no les había parecido correcto,  porque yo sentía que después todo el mundo iba a señalarme como el hijo de esos “locos furiosos”. Además, a menudo algún compañerito me hacía comentarios idiotas (propios de nuestra cultura) del tipo “ustedes los españoles vinieron a masacrar y esclavizar a los indios” y yo me sentía impotente sin saber qué decir, y me avergonzaba de tener papás originarios de un lugar donde la gente era mala y fea. Sin embargo, en casa, de pronto era como si yo hablara un idioma diferente al de la escuela o el de la sociedad, pues allí la relación con ellos era cariñosa, cordial, juguetona y franca. O sea, dos culturas, dos idiomas, dos visiones, que fueron marcando mi manera de ver y de sentir el mundo.

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