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Columnistas

La banalidad de los que se creen buenos

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

En 1961 Adolf Eichmann, responsable directo de la ‘solución final’ emprendida por los nazis durante la Segunda Gran Guerra, fue juzgado en Israel por genocidio contra el pueblo judío. El peso de la ley acabó estrujándole el pescuezo: al año siguiente lo ahorcaron en las afueras de Tel Aviv.

Hannah Arendt estuvo ahí por encargo de la revista The New Yorker, y escribió un ensayo reflexionando sobre la personalidad y las motivaciones de tan oscuro personaje, capaz de ordenar la muerte de alrededor de seis millones de almas. Para sorpresa de Arendt (y de sus lectores y lectoras), en el fondo Eichmann, lejos de ser un abyecto criminal, era un simple burócrata que actuaba de conformidad con su deseo de ascender profesionalmente, limitándose a cumplir órdenes sin atender consecuencias.

Formado al tenor de valores que dictan subordinación y respeto por la autoridad, Eichmann hacía con celo y eficacia lo que se le asignaba. “Sobre este análisis, Arendt acuñó la expresión “banalidad del mal” para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos” (Wikipedia).

¿Qué tal si aplicamos ese mismo enfoque trayéndolo al contexto guatemalteco? Un mínimo de congruencia obliga, de entrada, a admitir la banalidad del bien (quiero decir: la banalidad de las pulsiones de aquellos que nos las llevamos de buenos) como contraparte de la banalidad del mal (léase: la banalidad de los motivos de aquellos a los que consideramos malos). De hecho, el filtro de la ética es irrelevante si la mayoría de personas resuelve sus acciones no por conciencia, sino por imitación.

Pienso, por ejemplo, en el alcalde de Patulul, captado en video burlándose de un infeliz cuya boca va cubriendo con cinta adhesiva mientras le prodiga un rosario de expresiones denigrantes. Pienso en la risita idiota de los secuaces que están con él, fuera de cámara: ¿qué habrá pasado por sus cabezas de chorlito? Una necesidad imperiosa de encajar en el grupo, de agradar al líder de la manada. Y poco más. Nótese hasta qué punto el instinto gregario, la sed de pertenencia, son más poderosos que el uso del raciocinio y el ejercicio del criterio.

Pienso, también, en cómo la lucha contra la corrupción nos ha obligado a muchos a recalibrar los parámetros de lo que (influidos por la cultura, la tradición, la costumbre, la ley no escrita, la norma de facto) consideramos correcto e incorrecto. Bajo esta perspectiva queda claro que las pautas sociales dentro de las cuales vivimos sumergidos moldean nuestros valores, afectan nuestras actitudes y contribuyen a surcar el rumbo de nuestras decisiones. Por eso se dice que la corrupción es (y está en) el sistema todo.

Incluso el que obra equivocadamente lo hace, por lo regular, creyendo que así es como deberían hacerse las cosas. Tal vez eso explique por qué las cárceles están llenas de gente que asegura ser inocente.

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