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Columnistas

Atuendo de mengala

opinion

SOBREMESA

Antes, en Guatemala se decía “va vestida de mengala”, refiriéndose al traje de la persona, término que luego, por extensión y uso, se utilizó para nombrar también, a la mujer que lo usaba.

Las mestizas o “mujeres del pueblo” eran quienes vestían de mengalas, por tal razón, el atuendo era considerado por “el otro” como corriente, vulgar y atrevido, ya fuera “pudiente”, ladino o indígena.

El traje era vistoso y atrevido, principalmente el de día domingo o de fiesta.

Una falda siempre amplia y de colores llamativos, adornada con listones, encajes o pliegues, levantada un poco más de la cuenta, gracias a las enaguas o fustanes alambrados, y, en la parte superior, un corpiño blanco de algodón muy bien enyuquillado con adornos de encaje o tira bordada.

Las faldas eran plegadas y voluminosas, ajustadas a la cintura por un sistema fruncido de pitas, de colores llamativos y vistosos, diferentes a los discretos y solemnes utilizados por las demás mujeres.

El corpiño era de manga corta para facilitar sus labores y trabajos cotidianos, lavar, cocinar, vender, limpiar, a diferencia de las mujeres de casa, quienes llevaban siempre los brazos cubiertos hasta las muñecas.

Las mengalas se hacían notar de inmediato por el contoneo de su caminar, el fru fru de sus fustanes o el olor intenso de su perfume, el cual se echaban sin miramiento, especialmente en día de baile o zarabanda.

Iban descalzas, quizá por asuntos de pobreza o costumbre, en una Guatemala primitiva, en donde era común que no se utilizara calzado, tirara basura a la calle y defecaban en las aceras o llanitos verdes que crecían a ras de las paredes o entre las piedras.

El delantal o la gabacha era parte importantísima de la vestimenta, siempre adornado con revuelos de encajes y con muchos bolsillos. Esta pieza del atuendo ha sobrevivido al paso del tiempo, ya que lo utilizan las señoras vendedoras informales para ordenar y guardar el recaudo de su trabajo diario.

El domingo era día de descanso, entonces adiós al delantal.

El cabello lo lavaban en la madrugada, en la pila con inmensa bola de jabón de coche. Colorete en las mejillas y labios gracias al papel de china colorado, y el cabello bien trenzado a fuerza de vaselina o gomina, rematado con dos moños de grueso listón de satín.

Se alhajaban las orejas con arracadas de oro, en forma de media luna y la cadenita de oro con el escapulario de la Virgen del Carmen en el cuello. Pies bien lavados, abundancia de loción Siete Machos de donde el chino y, para el coqueteo o el frío, el chal de color intenso y atrevido como los manojos de rosas, las dalias moradas, suculentas pitahayas o rodajas de piña amarilla sobre canastos cubiertos con hojas de sal.

 “Coqueta”, la chuleaban camino a la misa de Catedral, y ella no los volteaba a ver, aunque se sabía galana y poderosa como la purisísima Siguanaba, terror de los hombres, según los contadores de historias y aparecidos del barrio de La Merced.

 

 

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