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Museo animal

opinion

Viaje al centro de los libros.

El novelista costarricense Carlos Fonseca (1987) se doctoró en Letras en la Universidad de Princeton, donde fue alumno de Ricardo Piglia, quien lo consideró su alumno estrella, y seguramente lo respaldó para llevar su obra narrativa a la Editorial Anagrama en España, casa que apadrinó el debut de su primera novela, Coronel lágrimas, cuando el autor tenía apenas 28 años. Fonseca sorprendió a la crítica internacional. Los comentarios aparecidos saludando la obra, despertaron el interés de la crítica en el autor centroamericano, quien pasó a enseñar Literatura en la Universidad de Cambridge y vive en la actualidad en Londres. Hace seis meses apareció su segunda novela, Museo animal, que como la primera tiene ese sentido globalizante contemporáneo (nada de provincialismo), y es una recuperación del sentido inteligente de la literatura densa, dedicada en homenaje a su maestro argentino Piglia, donde cita al otro intelectual argentino, Juan José Saer.

La novela confirma el estilo cargado del costarricense, que escribe como un torrente imaginativo, haciendo uso de frases largas y sin comas, casi en lo que se percibe como lenguaje automático, con referencias científicas, números y filosofía, abrevando a lo lejos en los tópicos de Borges (el espejo que se refleja en otro espejo), en un ámbito de personajes que transitan sin dormir, insomnes, por Nueva York y New Jersey, en el museo donde el protagonista trabaja. Refiere a los días del cambio del milenio, cuando la sociedad se preocupaba por el efecto que tendría el año en el sistema cibernético. El discurso es intelectual, metafórico, transitando por “mundo de mariposas y fósiles”, en una especie de delirio. El protagonista analiza la realidad desde su conciencia, y de una súper conciencia que lo acompaña como amigo imaginario.

La novela investiga el rastro de una diseñadora con quien el protagonista planificó una exposición trunca, tras recibir después de la muerte de ella, su carpeta de notas. La exploración conduce al Subcomandante Marcos y a una reflexión densa sobre la realidad y la política reciente, que describe como “historia de una isla en la que un grupo de insomnes se juegan la vida por ser otros”.

 

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