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Alien

opinion

buscando a syd

Alien.– Pusimos en tu vientre una semilla sucinta, una pequeña pupila de nuestro complejo material genético. Esta larva sagrada crecerá en ti, eventualmente saldrá por tu boca, para luego poblar la tierra de ustedes. Puedes sentirte muy privilegiada, María.

Encerrado.– Estás encerrado. Ya conoces todos los rincones de esta cárcel, con su penumbra monótona, su hedor, su vieja fiebre. Eres el Dios del Tedio. Coronado de días borrados, cuádruple, supurante, ya no sabes ni moverte. Cabezazos irracionales, formas abruptas de inconformidad, dan constancia de ello. Tus uñas rascan, glaciales, el muro: y nada sienten.

Contracara.– Aquella bella cara que solías tener –patronal, sublime, magnética– ya no existe. Tu cara ahora es una contracara, algo que todos evaden, que no ansían reconocer. ¡Hay perros macheteados más tolerables que tú! ¡Cualquier gusanera da menos asco! Aquí solo cabe por tanto una pregunta: ¿de veras quieres seguir viviendo con semejante semblante? Bueno, que así sea, deforme. Pero déjame advertirte lo siguiente: dondequiera que te presentes los niños mostrarán su miedo, los varones querrán lincharte, las mujeres sentirán lástima. Así es como se establecen las historias de horror, comprende. Si fuera tu espejo, me cortaría las venas.

Insomnio.– La noche es día: no duermes. Perro ladra afuera. Las esquinas, jamás inocentes, susurran, histéricas. Debajo de tu cama hay algo: tu alma, ese jardín grotesco. De lento barro eléctrico están llenas las cosas, las cosas esas del insomnio.

La duda.– Saltes o no saltes, no dudes, porque dudar es el cáncer. ¿O no?

 

Las cucarachas salen a manifestar.– ¡Ya estamos hartas que nos vean con repugnancia! ¡Que nos destripen sin misericordia, en una cocina cualquiera! ¡Tal es nuestra lucha, compañeras! ¡Tenemos hambre; tenemos derechos! ¿Hasta cuándo el genocidio? ¡Nos miran como si fuéramos el mal mismo! ¡Repitan conmigo: las cucarachas no son fachas; los fachos son los simios!

El buscador de oro.– El buscador de oro busca en ríos y riberas malditas la piedra ardiente. Entre cráneos vencidos, entre yelmos esclavos del tiempo, busca el oro crudo, que más tarde será anillo, trofeo, objeto heráldico, lingote, trono, odontología. Digamos que no son los precios evanescentes los que mueven su cuerpo, o su batea. Es otra cosa que lo asiste a bajar por hondas quebradas –siguiendo dulcísimos rumores. Furia. Locura. Fiebre, sí. Los días pasan. La cantidad recogida es ninguna. Escasas pepitas de pirita, adornando su orgullo… Los nativos lo observan hacer, divertidos. Y sin embargo hay algo de muy triste ahí: un hombre barbado, con hongo en las uñas, enfermizo y violento, loco por las propiedades químicas de un mineral. Triste es nunca encontrar nada; andar por aldeas fantasmales, que antes fueron promesas. Una vez, nomás, encontró algo valioso: otro buscador de oro.

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