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Menos hiel y más cerebro

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EL BOBO DE LA CAJA

¡Vaya si es poderosa la vulva! Impresiona hasta qué extremo se ruborizan las señoronas cachurecas ante una tosca representación. Hay que verlas persignarse escandalizadas, rezando avemarías en defensa del pudor. Con ese escrúpulo tan prohibitivo hacia sus propios órganos cabe preguntarse cómo le habrán hecho en su momento para engendrar camadas de ocho, diez, doce hijos.

Llevo meses (desde agosto) apelando aquí mismo, un viernes sí, un viernes no, a la sensibilidad y a la inteligencia de mis hermanas feministas, exhortándolas a remontar la absurda guerra de sexos que inflama nuestros egos, debilita nuestras fuerzas y distrae nuestra atención de problemas estructurales que nos afectan e interpelan a “todas y todos”, y de los cuales no vamos a podernos librar a menos que los embistamos en mancuerna.

He dicho antes que es indispensable convocar el poder femenino (y dentro de éste al poder feminista, que lo entiende mejor que nadie), no sólo porque en conjunto aglutina a más de la mitad de la población mundial sino porque en cada mujer se incuba una extraordinaria fuerza interior tras miles de años de bregar contracorriente, soportando la dictadura troglodita del macho, resistiendo los fueros que impone el patriarcado.

Desde una perspectiva basada en la cooperación entre aleros (ya no desde un duelo sordo entre contendientes que insisten en profundizar sus obvias –pero no irreconciliables– diferencias) me permito señalar un enemigo común a todo humanista que se respete. Ahí lo tenemos, frente a nuestras narices, menoscabando la libertad y el derecho a la autodeterminación individual:

La tradición judeocristiana, hilvanada cual “Palabra de Dios” en los versículos del Antiguo Testamento que nos inculcan desde que somos niños, perfila a la mujer como accesorio supeditado a la voluntad masculina, instrumentalizada en función de los deseos e intereses del hombre, confinada a ocupar roles serviles: hija obediente, esposa abnegada, madre proveedora, mucama del hogar.

¿Su papel en la Biblia? Costilla de Adán. Apéndice en situación de dependencia. Origen de tentaciones y pecados. Surtidora de placeres y de hijos. Sumisa, diligente y silenciosa figura de reparto propiedad del varón. (La sociedad de consumo, no menos reduccionista en esbozar ‘lo femenino’, genera utilidades astronómicas sirviéndose de ellas como artículo decorativo, epicentro indiscutible del mundo de la moda, protagonista de pasarelas, almanaques y fantasías eróticas producidas en serie).

Todo lo cual, remitido a una cultura tan violenta como la guatemalteca, donde cada hombre recio se cree con pleno derecho a resolver sus asuntos como le venga en gana, da como resultado múltiples y escandalosos casos de agresión contra la mujer. Lamento decirlo, pero no debería extrañarnos.

Más bien cabe preguntarse qué vamos a hacer al respecto. ¿Indignarnos? Faltaba más: cualquier corazón sensible pasa necesariamente por ahí. El problema es quedarse en la rabieta, abrazar cada quien su causa particular, su batalla personal, su nicho de mercado oenegero, su efímero y veleidoso hashtag.

Propongo menos hiel y más cerebro. Esto no se resuelve con censura, ni cercenando pipiriches, ni con cárcel ni castigos ni venganzas, ni repartiendo condones a lo bestia, ni peleándose con curas, pastores e iglesias.

Esto se resuelve –repito– en mancuerna, como un bloque granítico capaz de tomar las riendas del Estado para su refundación. Un Estado laico, probo e incluyente, que atienda las necesidades de TODA su ciudadanía.

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