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Columnistas

La empanada más grande del mundo

opinion

SOBREMESA

Nada como una buena empanada de manjar de leche para celebrar la época cuaresmal y la Semana Santa.

Recuerdo el día exacto en el cual inició mi afición por las empanadas de manjar de leche. Fue un Viernes Santo, a la hora del almuerzo, en la casa del Callejón Normal y yo no había cumplido los cinco años de edad.

La comida en la casa se anunciaba con un toque de campana. Aquel día, la mesa estaba servida sobre un mantel blanco de tela: el pichel de vidrio con agua helada, dos o tres viandas especiales, sin carne o pollo, por ser día de precepto, caldo de frijoles, tortilla de huevos aderezada con perejil muy fino, verduras encurtidas y rodajas de tamalito blanco de viaje tostadas en las brasas.

Mi padre se sirvió muy poco en su plato, mientras mi madre le replicaba que podía comer lo que quisiera porque después de los sesenta, la Iglesia ya no obligaba al ayuno y ni a la abstinencia.

Comíamos en silencio y tratábamos de hacerlo despacio, porque después, el viacrucis y a las tres en punto, el rezo del Credo para conmemorar la muerte de Jesús.

“Hoy, les tengo una sorpresa”, anunció mi madre cuando los platos de las viandas saladas habían desaparecido de la mesa del comedor. Mi padre hizo una cara de pocos amigos, porque para él, la Cuaresma era tiempo de contrición y sacrificio, nunca de festejos gastronómicos, y mucho menos en Viernes Santo, sin embargo no hubo réplicas mayores ni prohibiciones para los menores.

Haciéndose de la vista gorda, mi madre se levantó de su sitio y se dirigió al pequeño cuartito junto al comedor, en donde estaba la alacena con las conservas: el aceite de oliva, las galletas Saltinas, la leche Carnation, el jamón del diablo, la botella de vino jerez y las gelatinas de sabores.

Desde lejos, oímos el juego de las llaves de su llavero; el clic-clic abriéndose de la cerradura, la llave que vuelve a cerrar el mueble y ella, en el umbral de la puerta, siempre linda, con su delantal turquesa, cargando en sus manos un paquete de gran tamaño envuelto en papel mantequilla.

Con parsimonia de Viernes Santo, desenrolló el copete del empaque, y para mi sorpresa, apareció ante mis ojos un pastel enorme de masa anaranjada, el cual mi mamá describió como una empanada de leche.

Ella nos repartió rodajas generosas de aquella maravilla de postre: masa crujiente y rojiza en las orillas y abundante, muy abundante manjar de leche en el centro: blanco, encanelado y dulce. Cada pedazo que entraba a la boca se deshacía exquisito en el paladar.

De aquel manjar, mi padre dijo simplemente, “no muchas gracias”.

“Es la empanada más grande del mundo”, dije, y mi madre me respondió “y la más deliciosa”.

“Terminen rápido”, ordenó mi padre porque en breve comenzamos el rezo del viacrucis.

El calor era sofocante y muchas de las azaleas del patio se habían desmayado sin vida, cuando mi padre abrió el misal en la página que tenía señalada con una estampita de la Virgen de Fátima. “Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos…” recitó mi padre sin perder la voz de mando y embebido e una gran la devoción. De aquella Vía Dolorosa realizada en las diferentes estancias de la casa del Centro un Viernes Santo de mi infancia, he guardado como referencia de vida, el testimonio de fe inquebrantable de mi padre y el recuerdo más dulce de mi madre, y el asombro infantil de la empanada más grande del mundo.

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