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No sabe uno ya ni qué decir, y hasta a mí me cuesta encontrar las palabras. Mañana es Nochebuena y pasado Navidad –como dice la canción–, y se supone que hay que expresar algo alusivo a estas fechas tan importantes en el mundo occidental. De entrada, diré que no soy un “cascarrabias” contra una celebración que le da colorido a la última parte del año y que nos permite acariciar la ilusión de que todo irá mejor el año próximo o que la vida, a pesar de los pesares, merece vivirse. Pero, a excepción del mundo de los niños, para quienes estas fechas son mágicas, a los que hemos acumulado ya algunos kilos de años y de sobrepeso, nos resulta cansón repetir cada vez la misma cantaleta, los mismos deseos, las mismas frases, sobre todo porque sabemos que a la vuelta de la esquina –en enero–, la realidad acecha para darnos un puñetazo en el estómago.

Cuando yo era joven, tenía una buena amiga periodista llamada Irma Flaquer, con quien nos escapábamos en esta época a ver los magníficos atardeceres al mirador de la carretera que conduce hacia El Salvador. Encendíamos un porro de mota, y allí, admirando las estrellas del firmamento y las luces de la ciudad, hacíamos y deshacíamos el mundo imaginándonos entre risas y canciones que un día las cosas mejorarían, que habría menos miseria y más solidaridad, menos violencia y más fraternidad, y que el país entero superaría las taras del subdesarrollo. Han pasado desde entonces más de cuarenta años, y entretanto a Irma la desaparecieron y la torturaron (su cadáver nunca apareció), y otras doscientas mil personas corrieron una suerte parecida a manos del ejército y de la policía guatemaltecas. Hoy, las estadísticas de hambre y de pobreza en el país continúan siendo casi las mismas que entonces, y seguimos en estas fechas intercambiando deseos y abrazos de paz, amor y prosperidad, implorando inútilmente que Dios nos escuche y se apiade.

Les voy a confesar algo: a mí, mi país, tal y como es hoy, como funciona hoy, como están las cosas hoy, con esa carga de conservadurismo y mojigatería brutales, con ese peso dinosáurico de ignorancia e imbecilidad incrustadas en los poros de la vida cotidiana, con esa habilidad suprema que tenemos todos los sectores y estratos sociales para ser cínicos y mentirosos, con esa facilidad que mostramos para evitar o para retorcer la ley, para sobornar y bajarnos los pantalones ante los poderosos, pero también para humillar y despreciar a los humildes, a las mujeres, a los diferentes y a nuestros subordinados, con esa manía cuasi religiosa con la que linchamos simbólica o literalmente a todo aquel que piensa diferente o que consideramos enemigo, o al que declaramos “non grato”, y con esa capacidad que mostramos para mentirnos a nosotros mismos y creer que somos especiales y originales, que somos chispudos y simpáticos, me produce asco y tristeza. No hay en todo el país –ni se vislumbra, ni se siente, ni se huele–, ningún liderazgo individual o social, ningún grupo, ningún movimiento, ninguna fuerza económica y política, que esté en capacidad de tomar las riendas, que esté preparada para escuchar y comprender, para coordinar y conciliar, para proponer y dirigir, para decidir, con huevos y coherencia, dentro de un consenso mayoritario de los sectores campesinos y urbanos, sobre los destinos de esta mierda que llamamos país. Así y todo, les deseo a todas y a todos unas felices fiestas de Navidad. Se puede estar decepcionado y emputado, y a pesar de ello, mantener el buen humor. ¡Salud!

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