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Columnistas

Roberto Díaz Castillo

opinion

Viaje al centro de los libros

Leo en detalle, despacio, los ensayos y reflexiones cuidadosamente escritas por Roberto Díaz Castillo (1931-2014) en su obra póstuma Mascarón de proa. Novedad publicada por el Fondo de Cultura Económica de México, gracias a las gestiones de su esposa Estela, quien se ha esforzado en dar a luz su última obra. Roberto se sentía fastidiado por tanta abundancia de ficción sin sustento, porque él esperaba de la literatura algo más que distracción, reclamaba la experiencia estética: “Las editoriales, las revistas y los suplementos literarios nos intoxican a menudo con piezas narrativas sin fortuna. Predominio de la ficción, de la trama “entretenida” pero carente de valores estéticos”. A él le gustaba lo bello.

Nos hicimos amigos en la Nicaragua sandinista, cuando con mi esposa fuimos invitados por la Revolución, y él fue nuestro anfitrión. Una noche nos llevó a cenar langosta en La Marseillaise, y tomamos ron servido en vasos que eran botellas recortadas, debido a la escasez, y pagó con un paquete de billetes que debe haber sido tan alto como una cuarta, por la inflación que padecían entonces. Él nos recogió en la pista del aeropuerto, y nos regresó ocho días más tarde, tras casi morir yo asfixiado por una espina atravesada en la garganta por andar comiendo mojarras del lago de Nicaragua.

Roberto publicó mi primera novela, Las catacumbas, y años más tarde, cuando regresó al país tras la firma de la paz, me invitó a participar en la presentación de algunas de sus obras, principiando por Las redes de la memoria, que debería reeditarse porque es extraordinaria.

En mi biblioteca tengo una colección de revistas suyas que yo deseaba mucho, de los años del boom en París, y una tarde, hará una década, él llegó a dejarlas a mi casa, en una caja común, corrugada, con una nota conmovedora. Me las dejó de recuerdo, como herencia. Yo aún no me he atrevido a separarlas de la caja, y así las conservo, como si fuera un territorio sagrado. Fue a curarse a Brasil y Cuba, y una mañana de domingo, con el novelista Sergio Ramírez desayunando en mi casa, me pidió que le sirviera un whisky. Yo le recordé que eso podría matarlo, pero con toda confianza me dijo que no importaba, que lo merecía el buen rato que estábamos compartiendo. Así que nos lo tomamos. Esta noche, leyendo su Mascarón de proa, volví a sentir su presencia.

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