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Columnistas

La tienda del arqueólogo (2)

opinion

SOBREMESA

En la esquina de la quinta avenida y doce calle estaba la tienda del arqueólogo, profesión que supuse por una fotografía sepia que estaba colgada a la entrada de la tienda, donde aparecía de joven, vestido con pantalón y chaqueta caqui de tela gruesa.  En la imagen, llevaba un sombrero de cazador de elefantes y estaba sentado en un banquito plegable de lona, con la pierna cruzada, en plena selva petenera, fumando en pipa, al lado de un montículo recién chapeado, junto a su trofeo, un pequeño jaguar de dientecitos filosos y mirada penetrante que el joven arqueólogo sujetaba con un mecate, enrollado al cuello como chucho.

El paso de los años le trajo una calva pronunciada y el par de anteojitos redondos de vidrio muy grueso. Continuaba esbelto, como espárrago, y el atuendo de arqueólogo lo había sustituido por una camisa blanca de tela ordinaria y un suetercito de lana, con botones al frente, un tanto cuto y remendado.  El establecimiento olía a viejo: una mezcla de humedad, tierra y tabaco de pipa.

Un par de veces acompañé a mi madre a la tienda del arqueólogo, cuando ella realizaba lo que llamaba “visita de sagrarios”, pues salía de casa y pasaba saludando a los dueños de los establecimientos ubicados alrededor del Palace Hotel: la señora de la Joyería La Dama, de uñas de halcón pintadas de rojo sangre y con un lunar muy negro en la comisura del labio; a don Pablo, el peluquero del primer salón de belleza que funcionó en Guatemala, famoso no solo por sus “permanentes” y peinados abombados, sino por los peines y ganchos de carey que exhibía en sus vitrinas;  a la esposa de don Carlos, de la Pastelería Palace y a “las Linares”, dos hermanas muy educadas, dueñas de una tienda llamada La Tinaja.

Ella saludaba al arqueólogo con un good morning Mr…, por lo cual yo asumí que era gringo.

Él salía de la trastienda del fondo con gesto aburrido.  Me daba miedo verlo: muy alto, muy, muy distante y silencioso.  Yo le apretaba la mano a mi madre, sin dejar de observar que detrás de la cortinita azul que separaba los dos ambientes, exhibía una casa en miniatura con un catre, una silla plegable y una mesa de patas altas con una cocinita eléctrica de dos hornillas, sobre una de las cuales una jarrilla de aluminio.

Mi madre nunca percibió mi temor y sin preocupación alguna, se entretenía mirando las filitas ordenadas de objetos antiguos en los escaparates de vidrio: monedas viejas, jadecitos, cuentas de piedras con forma de güicoy; aretes de lunitas, dijes de plata, quetzalitos con la cola enrollada, y sellos, muchos sellos, y libros.

Los objetos para la venta estaban en los andamios: decenas de piezas mayas auténticas, de diferentes colores y textura.  Santos católicos ennegrecidos por el humo de las candelas, que daban miedo, y muchísimas máscaras de animales, hombres barbados y diablos, colgadas de cielo a suelo, unas frente a las otras, todas mirándome a los ojos, como batallones a punto de iniciar el griterío de la guerra, en medio de la selva.

Continuará.

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