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Columnistas

De primaveras eternas y trece meses de sol

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Se celebran por estas fechas, aquí en la remota nación africana donde resido, algunas festividades importantes. Dieciocho días atrás fue el Año Nuevo 2010 de conformidad con el calendario local, que tiene trece meses –de ahí el eslogan trece meses de sol, que igual es paja: ¡vieran con qué fuerza llovió en las semanas recientes!

Y hace tres noches el país entero se vistió de flores amarillas para el Meskel, la conmemoración del hallazgo de la Cruz Verdadera del mesías. Hubo vistosas fogatas y cantos y bailes y plegarias. Incluso en mi barrio, de mayoría musulmana, los vecinos salieron en pleno a la calle, latiendo al unísono. De mano en mano circulaban bandejas llenas de dabo (pan) con comino. La alegría de compartir no tiene precio. La generosidad no se paga con dinero.

Mi corazón, sin embargo, estaba en otra parte, pendiente de lo que ocurre en Guatemala. Hay etapas en la historia en que los sucesos se precipitan con una rapidez vertiginosa y a uno, viviendo lejos y con acceso limitado a la conectividad, se le hace muy difícil seguirlos –ya no digamos digerirlos– en tiempo real.

Aunque eso de enterarse de las cosas al día siguiente tiene sus ventajas también: así los hechos reposan, se sedimentan, y mientras tanto se evanesce el burbujeo, la alharaca inicial, las cortinas de humo. Y es que, con los ánimos tan crispados, es imposible permanecer inmune a la avalancha de bolas y juicios inmediatos que se anticipan al desenlace de los acontecimientos. En el Reino de la Desconfianza, la patraña es deporte número uno.

¡Qué niveles enfermizos de paroxismo percibo en mucha de la gente que protesta! Es algo con lo que no logro identificarme del todo. Quiero decir, por supuesto que me sumo a la indignación popular: ¡tenemos motivos de sobra para estar como la gran puta! Necesitamos sacarnos de encima tanta rabia, tanta frustración, tanta impotencia.

Lo absurdo es quedarse en eso, agotarse en la catarsis; conformarse nomás con expulsar los sapos y las culebras que nos devoran por dentro. Es como si la plaza y las calles fueran el escenario al que de pronto trasladamos los actos expiatorios que se desarrollan en los cultos evangélicos y en las liturgias de renovación carismática. Queremos exorcizar nuestros demonios, liberarnos, alcanzar la paz de espíritu, sentirnos mejor: la parafernalia religiosa nos atraviesa y nos define. Desgraciadamente, como sociedad política estamos en pañales todavía.

Hierven los sermones, las rechiflas, las batucadas, las vuvuzelas; cunde la histeria colectiva. Pero a la hora de poner manos a la obra, de implicarnos en las transformaciones profundas, ahí sentimos el vértigo, el culío. Y nos quedamos, otra vez, paralizados… hasta que el malestar nos desborda de nuevo y sobreviene el siguiente remezón.

Mañana –pienso– se olvidarán de todo y volverá cada quien a lo suyo. A menos que algo de bulto y de base vaya quedando entre tanta llamarada de tusa. Qué bueno fuera.

Urge darle sentido a la conciencia ciudadana que parece haber germinado en la clase media de dos años para acá. Recuperar el país que nos arrebataron… o que tal vez nunca ha sido del todo nuestro, en realidad. Apropiárnoslo. Intervenirlo. Pulverizar las estructuras de exclusión. Fundar otros cimientos, sobre los cuales podamos caber todos, no sólo unos cuantos (los mismos de siempre). Que la eterna primavera deje de ser una evocación nostálgica, una muletilla fatua y, en cambio, se convierta en el norte de nuestras aspiraciones en lo político, en lo social, en lo económico.

¿El precio a pagar? La violencia. Algo así no se consigue por las buenas, como pretenden algunos ingenuos. Antes de los ‘diálogos’ y las negociaciones hay que sacar a las ratas, y fumigar la casa para que no entren más.

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