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Milanesa (2)

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buscando a syd

Eso que podemos llamar vagamente lo “honorable” es mucho más inasible y complejo de lo que estamos dispuestos a admitir. El arte –el cine, por ejemplo– es muy bueno para presentar situaciones ambiguas, en donde las cosas son buenas y malas al mismo tiempo. En la vida real es precisamente lo mismo. Hace muy poco tuve que tomar una decisión de vida que, desde una perspectiva, es vergonzosa y deleznable, y desde otra, entendible y aconsejable. Lo cual me puso en un sensible yoga moral (uno que me estoy exigiendo vivir en todo el rango de su intensidad).

El reinado de los principios es, por naturaleza, contradictorio. Honrar un compromiso virtuoso es transgredir otro. Anular un valor ético es afirmar un segundo. Lo cual dificulta el juicio de las obligaciones de un modo considerable.

Y todo se complica aún más cuando consideramos las virtudes de la inmoralidad, o lo que el poeta llamó, con gran tino, “las flores del mal”. Últimamente, he pensado mucho en aquellos filósofos y escritores que supieron dar algún valor a la transgresión y descubrir en ella la rutilante putrefacción que las buenas conciencias rechazan con asco. Es posible que el no darle un lugar a lo obsceno traiga desajustes en el orden de las cosas. Una asepsia total ciertamente desregularía nuestro sistema de anticuerpos. Hay bases bacterianas que son de todo punto necesarias, en cualquier organismo, fisiológico o social.

No hablo solo de las inmoralidades débiles, como comprar discos piratas, sino incluso de inmoralidades más pesadas. Por ejemplo, matar, que en ciertas circunstancias bien puede ser lo correcto. Hay historias del Buda que nos aleccionan al respecto. Aclaro: esas historias nada tienen que ver con esa sed de sangre social que ha poblado las redes sociales en las últimas semanas.

Quizá sea un buen momento para traer aquí el arquetipo del forajido. Es un arquetipo muy útil cuando la atmósfera de hipocresía y legalismo se está poniendo en extremo pesada. Un arquetipo importante, porque desconfía tanto de la moral única como de la doble moral.  Me viene a la mente aquella frase de Asturias: «En esta ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar». Ahí hablaba de Antigua, pero se puede aplicar a la Guatemala entera de hoy, donde todos y todas se las llevan de sheriff, y donde interrogar los recatos colectivos de turno es percibido ya sea como connivencia o complacencia.

Por supuesto, es de leer la letra pequeña: «Para vivir fuera de la ley, tienes que ser honesto». La frase por supuesto es de Dylan y constituye un faro permanente. ¿Son nuestros crímenes honestos? Cuando el forajido renuncia a su honestidad (o cuando empieza a matizar demasiado) entonces precisa volver, como en un círculo, a la pura integridad.

¿Pura? No sé. Quizá lo esclarecido no es caer en el dogmatismo térrico de las funciones y los deberes recibidos ni en la desobediencia líquida de las desvergüenzas y los cinismos. Solo en semejante zona intermedia podrá emerger, entonces, una auténtica creatividad moral.

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