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Columnistas

Si las gotas de lluvia fueran de caramelo

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lucha libre

El cielo se puso negro, y antes de que me diera cuenta, comenzó a llover. No tímidamente, sino decidido, casi violento; lo que llaman un chaparrón de verdad. La lluvia se soltó y cayó descontrolada sobre los tejados y las casas. Precipitada. A diferencia de las tímidas y solitarias gotas de agua, un aguacero es capaz de hacer estragos en tan solo unos minutos. Nuestras ciudades colapsan ante la lluvia, como si aún no hubiéramos logrado superar la furia de la naturaleza, haciéndome dudar del dominio que dice el humano tener sobre los fenómenos atmosféricos.

Vivimos en un país tan frágil, tan frágil que parece de azúcar.

¿Acaso sos de azúcar? Me preguntaban cuando era chiquita y no me quería mojar. En realidad, a mí siempre me gustó mojarme, pero mi mamá era bastante sobreprotectora, y pensaba que la enfermedad vendría con la primera gota de lluvia sobre mi piel, o que se metería por mis pies descalzos en un abrir y cerrar de ojos. Según ella, la gripe, la tos y el catarro estaban siempre al acecho esperando para atacarme.

De nada le sirvieron a mi madre, sus precauciones o preocupaciones, a la primera oportunidad que tuve, dejé que un chaparrón me cayera encima. No corrí, no aceleré el paso. Me quede ahí en medio de un gran patio, sintiendo a la vida misma pasar precipitada sobre mí. Desde la cabeza hasta las pies, fui esa gotita bajando por la espina dorsal. Estuve un gran rato parada bajo la lluvia, con todos mis sentidos bien abiertos, mojándome, más bien dicho empapándome.  Aún recuerdo, la sensación de  tener el uniforme del colegio completamente pegado al cuerpo, los zapatos como lanchas llenos de agua, pesados, haciendo plosh, plosh a cada paso. Y yo, contenta, dejando un charco de felicidad a mi paso.

No recuerdo que me hayan regañado, tampoco creo haberme enfermado.

Ese día, perdí el miedo a mojarme y le tomé el gusto a desobedecer.

Hoy, mientras la lluvia se expresa sobre la lámina, y el ambiente a mi alrededor se carga de humedad, me siento, una vez más, seducida por la lluvia.

Cierro los ojos y puedo sentir las gotas de agua estallando sobre mi cabeza, como estrellas de gélido abrazo.

Oler, escuchar, y sentir la lluvia, me recuerdan que estoy viva. El agua es vida, me moja, me hace estar aquí y ahora, solo sintiendo. Las gotas me golpean los ojos, la boca, los brazos, el cuello. Mi pelo se va rindiendo ante los golpes húmedos de tantas gotas en carrera mortal al suelo. Soy piel haciendo el amor con la lluvia.

Me gusta ver llover por muchas razones: por su carácter siempre impredecible, por el poder que tiene de hacernos cambiar los planes y de alborotar el hormiguero. Me recuerda la fragilidad misma de nuestra existencia.

¿Cómo será ser de azúcar, sentirse vulnerable, a punto de desaparecer, dejando quizá solo un recuerdo dulce, en la boca de alguien?

@liberalucha

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