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Columnistas

“Los demonios en el convento”

opinion

Viaje al centro de los libros

Guatemala fue, en los días de la Nueva España, una provincia de un reino inmenso, comunicada gracias a larguísimos caminos que transitaban a pie los arrieros. La ruta de Tehuantepec llevaba de Santiago a Oaxaca, y de allí se atravesaba el desierto para arribar en Puebla de los Ángeles, la hermosa ciudad barroca de los conventos, donde los artistas practicaban el suntuoso arte de los espejos y el desdoblamiento. Otro tanto más y se llegaba a México, la Ciudad de los Palacios, o, a Veracruz en el oriente, para embarcarse en las naves fletadas de riqueza que se dirigían hacia al Viejo Mundo. En Puebla, como en Santiago, florecieron los conventos, y las ciudades se llenaron de religiosos mendicantes proclamando la culpa, que prohibían los placeres (hasta comer fruta), y perseguían la santidad vía la obediencia, la caridad y mortificando el cuerpo que era lastre para el espíritu. A Santiago llegó el Hermano Pedro, a Puebla los jesuitas Núñez y Vidal, dedicados a salvar a los locos, a los presos, convirtiendo a los nativos al catolicismo, o acudiendo al Santo Oficio para llevar a las llamas o al garrote a los infieles.

La historia de la Nueva España está repleta de misterio y fantasía, más en lo que concierne a la vida de las monjas que se recluían en los conventos con su corte de sirvientas. Las inhibiciones y problemática económica lidiaban con la altivez castellana, el servilismo y el racismo, aún presentes en nuestra sociedad. Las vírgenes ingresaban de por vida a los conventos y dentro de aquellos muros se desataba el infierno. Un ejemplo vivo y rico es la historia de Sor Juana Inés de la Cruz, que Fernando Benítez desarrolló en Los demonios en el convento, publicado por la Editorial Era.

Las mujeres se casaban o escogían la vida en un convento, y según fuera la dote así era su destino. Las que no tenían dote ni posible marido, se exponían a caer al servicio de Venus, condena de la cual las sacaban quienes emprendieron la cruzada del convento de Belén, para refugiar a las mujeres que se convertían, mientras sometían a la cárcel a las rebeldes.

Un asombroso fresco de costumbres, falsedades e hipocresías, santos e iniquidades, aparecen en esta obra, donde se explica el pasado y se comprende muchas de nuestras taras actuales.

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