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Solo una gotita

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lucha libre

Estoy acostada, cómoda y lista para dormir. Cierro los ojos e intento fundirme en la oscuridad y el silencio de la noche. Pero hay algo, un breve y lejano sonido que no me deja ir, es constante y casi imperceptible. Lo escucho justo cuando la oscuridad y el silencio se prestan casi perfectos para el sueño. Sé, que en lo alto del calentador de agua, hay una pequeñita porción de líquido, estirándose, alargándose, dejándose ir hacia el suelo, viajando hacia el golpe seco, cayendo, disolviéndose en el piso o en el guacal que inútilmente intenta retener a las gotas fugadas.

Apenas cae, y ya una nueva gotita repite el ciclo de estiramiento. Así durante ya varios días y noches. He perdido la cuenta de cuándo empecé a darme cuenta de esa mínima fuga de agua. Intento cerrar bien el chorro pero es imposible, las gotas rebeldes no dejan de caer. La gota, es solo una gota y lo más seguro es que el plomero no quiera hacerse cargo. Es solo una gota me va a contestar.

Y pienso en una sola gota de ácido lisérgico, capaz de alterar profundamente nuestra percepción de la realidad y modificarnos para siempre.

Las gotas son poderosas, su fuerza no siempre radica en su composición, sino en su constancia. Y qué mejor ejemplo que las grutas bajo la tierra, como las que abundan en Lanquín. Ahí en la oscuridad del inframundo vemos el trabajo sigiloso y constante del agua, capaz de romper y modificar la piedra. Ese es el milagroso trabajo de una gota de agua, una gota que cae y cae, durante días, meses y años, hasta perforar a punta de suavidad la estructura más dura. Y esa misma gota con un poco de minerales crea las hermosas estalactitas y las estalagmitas, esculturas naturales, demostraciones del sutil paso del tiempo.

Hasta en las guerras se ha utilizado el minúsculo poder de una gotita. La tortura de la gota de agua o gota china consistía en inmovilizar al prisionero y dejar que una gota de agua fría cayera sobre su frente cada cinco segundos. Apenas pasaban unas horas cuando el goteo continuo provocaba un gran daño físico en la piel. Además de la tortura física, a nivel psicológico, la víctima no lograba dormir debido a la constante interrupción de las gotas. Los prisioneros incluso morían.

Yo si dormiré, y mañana posiblemente, olvidaré de nuevo llamar al plomero. Pasará todo el día y no pensaré en la fuga de agua, hasta que vuelva a acostarme. Y cuando me encuentre, otra vez, acostada en la inmensidad de la noche quizá recuerde que no hay mucha diferencia entre la gota y yo. Quizá soy yo esa gota, estirando mi vida y mi suerte, siempre a punto de caer en el abismo, sin apenas percatarme del suceso.

Soy una gota de vida en universo de muerte, en mí esta toda la fuerza del mundo. Como gotas somos capaces de modificar con nuestra constancia la geografía del planeta y el curso de la historia.

Quién quita y somos la gota que rebalsa el vaso de agua.

@liberalucha

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