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Columnistas

Día del Padre en el IGSS

opinion

lucha libre

Es la hora de visita frente al IGSS de la zona 9. Cientos de personas hacen cola para entrar a ver a sus enfermos. Las salas están clasificadas por: mujeres, intensivo, cirugías, cuidados intermedios, hombres, pediatría, etcétera. Es un lugar limpio pero triste. Entro al salón que se llama “encamamiento”:  hileras de camas una frente a otra, cada una identificada con una letra del abecedario. No hay cortinas que dividan a un enfermo del otro. La privacidad parece ser un lujo de los sanos. Al pasar por el pasillo voy viendo de reojo vendajes, hombres en pañales, algunos quejándose o dormidos, otros están amarrados y de muchos salen tubos que suben o bajan con líquidos que van entre los tonos amarillos al transparente. Los más graves están conectados a monitores que hacen ruidos y marcan gráficas y números indescifrables para cualquier mortal. Sobre la pared, pegado con tape, y en una hoja a veces blanca a veces de líneas, se leen los nombres de los pacientes y la edad.

Mi interés es por M, quien lleva varios días en observación. Esta dormitando. Leo su nombre con la letra torpe de algún pasante. Tiene un 48 tachado y sobre ese número un 79 repasado varias veces con lapicero, la verdadera edad del enfermo. Apenas sonríe y para entender lo que dice hay que acercarse mucho. Verlo ahí, uniformado con una pijama a rayas, vieja y decolorada, tan parecida a las de la cárcel, me hace sentir desdichada. A los internados hay que llevarles su propia almohada y alguna colchita, sabiendo que de todos modos, pueden desaparecer por las noches. Los enfermeros no se hacen cargo de cuidar nada, suficiente trabajo tienen con su rutina diaria. Tampoco se encargan de darles de comer a los enfermos. Solo dejan las bandejas con comida cerca, así que aquellos que no pueden llevarse el alimento por sí solos a la boca, necesitarán ayuda de algún pariente o amigo con disposición de llegar tres veces diarias. Muchos enfermos no tienen quién les haga ese favor. Las bandejas se recogen una hora después; llenas o vacías. En el IGSS abundan los voluntarios que llegan a rezar y orar, pero por alguna razón, ninguno llega a dar de comer a quienes no pueden.

Alrededor de casi todas las camas, un puñado de parientes y amigos, intenta reanimar a los decaídos. A F sus nietos le llevaron globos. Al paciente N le llevaron un mango a escondidas. M también disfruta de un helado de hielo (traficado ilegalmente) con una pasión desgarradora.

Aún en su precariedad, es urgente luchar por salvar al Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. Las vidas de tantos guatemaltecos trabajadores dependen de su buen funcionamiento. Pienso en Juan de Dios Rodríguez y todos los  exdirectores que han saqueado el IGSS. No hay castigo suficientemente doloroso para el delito de asesinar el derecho a la salud de millones de trabajadores. No debería haber perdón para esa gente. Es demasiado cruel lo que han hecho.

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