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Columnistas

El beso de la mujer araña

opinion

Viaje al centro de los libros

Manuel Puig sentó un estilo único con sus primeras dos novelas, La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas. Hizo del melodrama popular un recurso para abordar la condición humana, y lo practicó primero con una incursión en su infancia en una sala de cine con su madre, midiendo la ilusión a oscuras, dejándose hipnotizar por las glamorosas estrellas del cine, escribiendo como quien ve una película, dejando todo el escenario a la acción. No hay un narrador, sino voces. A través de monólogos y diálogos se va entendiendo el drama, la angustia de un niño diferente que percibe toda la crueldad de la sociedad y se refugia en la fantasía. En su segunda novela fue más allá, y retrató la vida melodramática de su pueblo, General Villegas, de pequeños personajes reales que lo odiaron y hasta emigraron para evitar a la prensa curiosa que los asediaba. Del cementerio local fueron retirados los restos del protagonista de la historia. En las dos novelas iniciales, aplicó y ejercitó el estilo propio de contar, pero no fue sino hasta El beso de la mujer araña cuando alcanzó su plenitud, porque en dicha novela ya hay ficción. Es una historia donde logró crear personajes inolvidables y una acción perturbadora. La novela trata de dos prisioneros charlando en una celda. Se entiende que Molina fue condenado por pervertir a menores de edad, y es la caricatura de un homosexual de 37 años, fanático del cine y excelente contador de películas fantásticas, que ha sido reclutado para que saque información al prisionero político, Valentín, un revolucionario noble de 26 años de edad, que no ha cedido a la tortura, dispuesto a morir por sus ideales. Molina tiene que engañarlo, envolverlo en su tela de araña, para hacerlo hablar, y obtener su libertad anticipada para regresar al lado de su madre enferma. Valentín es totalitario, firme, lector voraz de textos serios, pero se distrae escuchando la narración de películas fantásticas como La mujer pantera o La vuelta de la mujer zombi. Ya estando en confianza viene el descalabro humano, Valentín se enferma y Molina lo cuida devotamente. Se va ganando su entrega, porque Valentín consciente encuentros carnales para corresponder a pesar de ser heterosexual. El melodrama continúa, y la disposición de Molina a la inmolación vendrá de cuando antes de quedar en libertad acepta llevar información al movimiento revolucionario y pide por primera vez un deseo verdaderamente relevante, un beso.

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