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Columnistas

La aventura de los armarios

opinion

SOBREMESA

Siento especial debilidad por esos muebles trasnochados, grandulones y en peligro de extinción llamados armario, fabricados originalmente de madera. Muebles dinosaurios que han perdido vigencia y espacio en los hogares contemporáneos, cada vez más limitados y estrechos, o bien, porque las viviendas formales contemporáneas se construyen con espacios previamente dispuestos para guardar buena parte de las haberes materiales de los habitantes del lugar.

Su nombre nos remite a los tiempos medievales y de caballería, a ruidos de metales, restos de sangre, pellejo y tierra negra de labranza. Mueblería con olores penetrantes y fuertes en donde se guardaban espadas, cascos y armaduras, o bien, hoces y azadones, siendo este tipo de utilería la que iba a parar a los armarios primitivos o armáriums: espacios rectangulares y profundos, muy húmedos, cavados en la pared. Similares a las alacenas que encontramos en los antiguos comedores y cocinas chapinas en donde se guardaban las ollas, cazuelas y apastes de barro, o lozas, porcelana y cristalería de la casa. Estanterías empotradas en los muros de la Guatemala republicana, cuando se acostumbró a taparlos con puertecitas o vidrieras, con el simple seguro de una aldaba, por temor a los temblores y para prevenir el caos total y la destrucción tras la primera sacudida de la temporada.

En ese sentido, ha existido por siglos en Guatemala la costumbre de aldabar los armarios a la pared con el fin de prevenir que se vengan al suelo en caso de una sacudida mayor.

Con el paso del tiempo, los armarios estuvieron dispuestos con estanterías, gavetas y puertas, y se utilizaron para guardar todo tipo de implementos cotidianos, desde libros, como hicieron los monjes primitivos en sus monasterios, hasta lo más íntimo, importante y personal. En el espacio doméstico, el armario se convirtió en el lugar para guardarlo todo: ropa, dinero, joyas, enseres y blancos. Mueble que ya con llave, se convirtió en una especie de caja fuerte, lugar personal para guardar o encajonar todo lo que a una persona le resulta importante y especial, inclusive lo que se desea olvidar o esconder: una carta con una confesión de amor hecha a destiempo, el testimonio último de un suicida, una foto del recuerdo, la escritura de la casa, un ramito de azahares marchitos, el perfume para salvarse del abuso, el libro predilecto, los recuerdos de los hijos o la botella de licor, por aquello de ser ya un bolo de armario.

En Guatemala, las casas urbanas coloniales y republicanas contaron con armarios, roperos y arcones como el principal mobiliario de almacenaje. Es más, residencias opulentas en tamaño y estilo, como la que actualmente ocupa el Centro Cultural Metropolitano, la Casa Ibargüen en el Centro Histórico de la ciudad, encontramos lo que se ha dado en llamar el cuarto de los armarios, una pieza de la casa destinada exclusivamente a albergar varios armarios, lugar en donde aún se pueden apreciar los bellísimos muebles de madera que van de suelo a techo, destinados en su tiempo a dar cobijo a todo el menaje de servicio de toda la casa.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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