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Columnistas

Demasiada sangre en este país

opinion

Lado b

Más allá del ajuste de cuentas, ideológico o político, el asesinato de monseñor Juan Gerardi fue la afirmación contundente de que este país se negaba a salir de la guerra fría, de que el monstruo continuaba ahí carcomiendo las entrañas de una sociedad envilecida por la violencia, el crimen, la corrupción y la ceguera ante cualquier posibilidad de futuro, de vida civilizada y democrática. Demasiada sangre y demasiada mierda han corrido desde entonces y aún no terminamos de purgar el pasado, de cerrar las heridas, de enterrar a los muertos.

Byron Lima se convirtió en los últimos años en el abanderado de esa ruptura, de ese acto de transgresión que significó la muerte del obispo, en un soldado solitario y oscuro que anunciaba que una guerra intestina y atroz seguía vigente, que esta sociedad se mueve por el odio, a pesar de los contratos sociales o los tratados de paz. Una presencia inquietante, surgida de las alcantarillas de la vida nacional, que perturbaba nuestros sueños de desarrollo y modernidad: la Guatemala 2.0, reloaded, repleta de policías y carreteras que conducirían a la prosperidad.

El sueño de Byron Lima era convertir las prisiones en “aldeas modelo”, similares a aquellos campos de concentración construidos bajo el exterminio de los años ochenta. Un ejército de fueras de la ley dedicados a la confección de peluches, de playeras, de gorras, de pelotas de futbol, mientras él se instituía en una especie de big brother, en el ojo que controla todo, en el ser todopoderoso que decidía sobre los destinos de los recluidos, sobre la vida y la muerte, en el corregidor supremo de un pueblo sin ley. Una utopía que no fue posible por los fallos del sistema, pero que lo convirtió en una celebridad, en el emblema de un anticomunismo desfasado y feroz, en un tipo que producía más que nadie primeras planas en los medios de comunicación, que se jactaba de tener a su servicio funcionarios de gobierno, ministros, policías, que amenazó con convertir su estructura de poder dentro de las prisiones en un modelo de sociedad.

¿Quién mató a Byron Lima? Es la duda que desde la mañana de ayer nos corroe a todos ¿Una pelea de territorio dentro de la cárcel? ¿Un ajuste de cuentas? ¿Una venganza? ¿Un ajusticiamiento? Las versiones oficiales lloverán, pero la duda continuará ahí y quizá jamás sepamos la verdad de los hechos ¿Era Lima un bocón que alardeaba de tener información valiosa sobre crímenes del Estado para mantener y negociar su posición privilegiada dentro del reclusorio o realmente era un hombre que sabía demasiado? Eso tampoco lo sabremos y tratándose de un personaje como él, es demasiado fácil, y a la vez  peligroso, construir conjeturas.

Lo que sí, es que su muerte continúa precipitándonos en una caída hacia el abismo que pareciera no tener fin. Uno se cansa de tanta oscuridad, de no alcanzar a comprender esa lógica macabra en que se mueve este país, de no llegar a ningún lado, de que el futuro no sea posible, de vivir dentro de una bomba de tiempo siempre a punto de estallar.

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