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Columnistas

Mulata de Tal

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Viaje al centro de los libros

Mulata de Tal es la novela más oscura y delirante de Miguel Ángel Asturias. El lector se convierte en patojo deslumbrado ante la sorpresa del viejo desconocido que descendió de una carreta en el mercado para contarnos una historia. Hacemos lugar junto a la pila, apretando y empujando, para escuchar el relato de los sueños del viejo que tiene manchada la cara, los dientes picados y olor a guaro, sobre lo que le sucedió a un tal Celestino Yumí, vecino de Quiavicús, que llegó de visita a la feria de San Martín Chile Verde con la bragueta abierta, gritón y pedorro.

Es la misma historia de todos los tiempos, la del viejo ambicioso que le vende el alma al diablo a cambio de una fortuna en oro que no dura mucho y por el placer de poseer los favores de la Mulata de Tal, y a cambio entrega al cachudo a su propia mujer, quien resulta convertida en pastorcita de nacimiento navideño.

Celestino Yumí se convierte en enano saltimbanqui, y recorre el país como sorpresa de circo, andando en zancos. Andan por Tierrapaulita, la ciudad de los magos, donde todas las cosas están torcidas, vistas por un contacuentos que necesitaba anteojos pero no lo sabía. Y cuenta de otra manera la historia del Maladrón, esa recurrencia asturiana: Es Viernes Santo, el farmacéutico entra a la iglesia vacía, devoto de San Maladrón, santo por lo milagroso, imagen de los ateos creyentes, de quienes “seguían su doctrina de no creer en el cielo ni en el más allá”. Cumplía así la promesa anual, de llegar a frotarle la boca “al único crucificado a quien nadie llevaba ni velas, ni incienso, ni flores, ni ramas de ciprés” con una esponja bañada de purgante, “no para ayudarlo a bien morir, sino a defecar ya que en la escultura lo representaban, venganza de imagineros idealistas, no como agonizante atado a una cruz, sino como varón de vientre seco, señor de estreñidos, en el trance del más inacabable retortijón”.

El viejo promete regresar al día siguiente con más historias fascinantes. Se levanta torpe y camina con el costal a cuestas lleno de basura o de retazos de ropa que por donde pasa le regala la gente, ya sea por caridad o para deshacerse de su miseria. Los patojos nos quedamos con hambre, tapados con mantas de cartón junto a la pila de agua shuca, soñando con la literatura del más grande narrador chapín de nuestra historia.

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