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Columnistas

Séfora y Mariloly

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EL BOBO DE LA CAJA

Con F nos conocimos el primer año de la u; él venía desertando de una carrera que no le gustó, yo había pasado los doce años anteriores en un campo de concentración jesuita y me sentía como recién salido del cascarón.

Ambos teníamos en común una normativa familiar ultraconservadora y la ausencia de hermanas y primas próximas. Eso, y provenir de colegios de curas, de esos que te obligan a usar uniforme, a callar, a obedecer; en los que las dudas equivalen a amenazas y en última instancia todo conflicto (moral, material, existencial) se dirime apelando a la inobjetable palabra de dios.

De más está aclarar que en tales ambientes, dominados por una visión estrictamente masculina de las cosas, las mujeres eran seres lejanos e incomprensibles, casi míticos, a quienes concebíamos como provenientes de otro planeta. Quiero decir: por mucho que ensayara uno conatos de comunicación con ellas en entornos propicios para el intercambio (social, afectivo, íntimo), había cierto morbo inherente y una incapacidad casi patológica de reconocerlas como seres humanos que llevan consigo pulsiones y contradicciones en el fondo idénticas a las de los hombres…

… Hasta que entramos en la u, donde por primera vez tuvimos a una chava como vecina de pupitre y entonces, ¡por fin!, el paso siguiente fue aprender a des-idealizarlas. Algo nada fácil, que conste, teniendo en cuenta que Guatemala era y sigue siendo una sociedad enferma (violenta y profundamente machista pero a la vez reprimida, recatada e hipócrita) donde buena parte de las compañeras de aula provenían asimismo de colegios de monjas.

Lo cierto es que F y yo nos hicimos bien cuates. Me llegó por cafre y por borracho. Igual que sus amigos. Y que los míos. Nos capeábamos de clases en marabunta para ir a chupar al Reducto, y los fines de semana eran también bacanales en el chalet de alguien del grupo o invasiones a la casa de algún pariente que anduviera de viaje.

Por supuesto, las veces que invitábamos a amigas era igual, a chupar, los muy imbéciles. Algo así como la vida loca en versión para hijos de papi y mami. Patético.

Recuerdo que hubo un tiempo en que aquél, incapaz de ligar con escuela y agenciarse una novia, se aficionó a las putas. Yo no. Lo mío era más ensayar amistades con derechos, casi siempre truncadas prematuramente, y exorcizar mis demonios personales en cantidades navegables de Venado. No obstante, en una de tantas lo acompañé.

Íbamos hasta los toles de guaro. Yo manejaba. Hicimos romería primero en media docena de antros infames por ahí por El Trébol, hasta terminar, creo, en un oscuro lupanar de la zona 4. La hora de cierre nos sorprendió con sendas ninfas, Séfora y Mariloly, prendidas del cuello. Se detuvo el jaleo, apagaron la música y sonó el aviso: era momento de irse.

Ofrecimos llevarlas de retache a sus casas creyéndonos muy listos, pensando: Al rato y sale alguito. Resultaron siendo vecinas. Menos mal, porque vivían hasta la chingada, en una de esas colonias mustias y grises levantadas en estrechos promontorios flanqueados por barrancos.

Séfora se excusó con el cuento de un hijo al que no quería despertar. Mariloly ni siquiera tuvo que meter paja: el marido la esperaba en la puerta, con la escuadra al cinto.

Bajó del carro y salimos despepitados, con el culo en la mano y los huevos en la garganta.

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