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Columnistas

Ojalá que remonte (y acelere) su vuelo

opinion

Lado b

Al alcalde de la Ciudad le parece que el Himno Nacional refleja la parsimonia en que nos movemos los guatemaltecos. Es largo, lento, soporífero. Y es por eso que le pidió a la Sinfónica Municipal arreglar una versión más acelerada, más acorde a la realidad actual, más hiperactiva. Muy al contrario de Jimmy Morales, para quien gobernar consiste en detenerse a recitar de manera pausada y parvularia la Jura a la Bandera, Álvaro Arzú no tiene tiempo que perder en sosegados cánticos a la patria. Pues lo que conocíamos como patria ya se jodió, posiblemente desde que él mismo pasó por la Presidencia de la República. Si pensamos en una nueva Guatemala, esta será sin quetzales ni ceibas ni largos valses de marimba, una simbología extinguida y ya casi sin sentido para un guatemalteco urgido de celeridad para enfrentar el caos y la ruina de la ciudad contemporánea.

Lo de cambiar el himno no pasaba desde el general Ubico, un gobernante al que el Alcalde rinde un verdadero culto al extremo de nombrar pasos a desnivel con su nombre. A Don Jorge no le gustaba la letra del himno, le parecía “demasiado cubana”, guerrerista, sangrienta (“Tinta en sangre tu hermosa bandera…”), muy al estilo de su autor original José Joaquín Palma. Encomendó entonces al escritor y pedagogo José María Bonilla Ruano escribir una versión un poco más llevadera, más light por decirlo de alguna manera. Y así los “hijos valientes y activos” que veían “con gozo la ruda pelea” pasaron a venerar “la paz cual presea” y “el torrente de sangre que humea” desapareció para siempre. Extraña actitud pacifista en un presidente que abanderó la violencia como política de Estado, que aniquiló sin miramientos a la oposición política y que hizo propia la vieja sentencia “la letra con sangre entra”.

A Arzú la letra del Himno Nacional lo tiene sin cuidado, pues 120 años después de haber sido escrita, ya la gente ni se la sabe ni la comprende. Frente a esto, no se puede hacer mayor cosa, más que ayudar al guatemalteco a apresurar el mal rato. Es decir, ese protocolo lento y tedioso, bastante propio de los actos municipales. Hay que recordar que en esto de la aceleración, el Alcalde no es del todo un pionero. En 202, Karina Velásquez, una reina de belleza cuyo nacionalismo consistía en llevar las ruinas de Tikal en la cabeza, propuso un cambio más radical y contundente: reducir la letra del himno a “Guatemala feliz tú serás” y ahí se acabó la historia.

Lo bueno del asunto es comprender que nuestro atraso como sociedad no se debe necesariamente al subdesarrollo o a la mala distribución de las riquezas del país, sino a nuestra parsimonia para movernos en el mundo contemporáneo. El acelere es el futuro. Lo comprendieron, por ejemplo, Otto Pérez Molina, Roxana Baldetti y compañía partidaria y limitada –y ahí la clave del éxito–, no llevaban ni seis meses en el poder y ya habían saqueado por completo el Estado, mientras nosotros no terminábamos de entonar con orgullo, calma y moderación el himno más lindo del mundo.

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