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Cuando descubrí esto de la desnutrición con sus derivaciones sociales, ecológicas y metafísicas, fue como si me hubieran dado una patada en los testículos. En gran medida me cambió la vida, pues yo venía de un mundo relativamente aséptico rodeado de buenas familias guatemaltecas bien alimentadas, y poco faltó para que tomara entonces el fusil y me largara a la montaña con la guerrilla. Necesitaba hacer algo y pronto, porque estaba a punto de explotar. Por fortuna obtuve una beca para irme a Francia y eso me salvó la vida.

Todo empezó en 1972, cuando hacía mis prácticas de psicología en el Hospital General de Guatemala. Durante más de un año estuve allí frotándome contra la enfermedad y la locura generosamente desparramadas por las salas y pasillos de aquel miniuniverso que me restregaba en los ojos las verdaderas condiciones de vida de la mayoría de guatemaltecos. Lo que más me chocaba eran los niños muertos de hambre.

Resulta que venían del interior del país, de alguna zona rural lejana, niños de cuatro o seis años (luego supe que no eran tan pequeños como parecían, sino que tenían ocho o diez años, pero la desnutrición crónica los vuelve más niños) en un estado agudo de inanición. Se los internaba, se les daban sueros, se les nutría adecuadamente, se les prestaba cuidados apropiados, y al cabo de dos o tres meses, esos chiquillos estaban casi como nuevos, así que eran devueltos a sus familias, y santos en paz.

El asunto es que meses más tarde, volvían. Otra vez desnutridos, con ojos desorbitados, escapando de la muerte. Los padres no sabían, no entendían, no podían, no tenían ni puta idea de qué era lo que pasaba, ya que ellos eran también una variante de zombis humanos con rostros huesudos y ojos hundidos que apenas hablaban español, y la madre, a menudo, sin los alcances mentales para entender lo que intentábamos explicarle. Te miraban como a un extraterrestre, o como al mismísimo Tonatiuh en persona, y poco faltaba para que se arrodillaran y te besaran los pies. Era una situación absurda, grotesca e indignante.

Fue la razón por la que, cuando me marché a Francia en 1974, me orienté hacia la psicología social y hacia la sociología, pues el modelo tradicional de intervención clínica, centrado en el individuo y en sus dinámicas “intrapsíquicas”, me pareció no solo un error epistemológico, sino un enfoque inservible. Para mí, resultaba obvio que el individuo se forja como tal dentro de un sistema de condiciones materiales y de relaciones sociales y familiares, y que sus problemas tienen que ver con el tipo de interacción y con el lugar que ocupa dentro de esos sistemas. Así que mandé al diablo el modelo psicoanalítico y sus derivados.

¿A qué viene todo esto? Pues viene al caso debido al ruido que suscitó en las redes sociales la muerte, esta semana, en brazos de su madre, en la acera de un hospital, de un bebé de once meses. Lo cual nos permite constatar, una vez más, que en cuarenta años de regímenes neoliberales, el problema –¡los problemas!– de fondo, siguen siendo prácticamente los mismos. El nuestro es el cuarto o quinto país del mundo que peor trata a sus hijos, con 18 niños diarios que mueren de hambre. Somos una nación superpoblada y atragantada de rezos y de religión, que ni siquiera quiere que los jóvenes reciban educación sexual en las escuelas. ¡Qué rabia y qué impotencia! ¡Qué porquería y qué vergüenza de país!

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