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Columnistas

Los Rolling Stones en La Habana

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Lado b

Sus satánicas majestades llegaron a Cuba y como ya es habitual con estos iconos sagrados del rock and roll, alborotaron los ánimos de miles y miles de personas que se congregaron en la Ciudad Deportiva para escuchar a la banda. Lo que en cualquier otro país no pasaría del simple entretenimiento, en la isla caribeña por cuestiones históricas y coyunturales, ampliamente debatidas, se convierte en un acontecimiento político. “Los Rolling Stones rompen el deshielo” insisten en titular los medios internacionales. Pareciera que el pasado Viernes Santo, a las ocho y media de la noche, hora de La Habana, se acabó definitivamente la Guerra Fría. Uno de los últimos bastiones del comunismo, rindiéndose ante los encantos de la Sociedad del espectáculo y el consumo.

La culpa, hay que decirlo, la tuvo Fidel Castro, cuando como consecuencia de la crisis de los misiles de 1963, quiso frenar toda embestida cultural proveniente del “imperialismo”. El rock de pronto se vio envuelto en este marasmo de prohibiciones y censuras, como un símbolo de la decadencia de las sociedades capitalistas, justo en el momento en que los Beatles y los Stones aparecían en la escena. Paradójicamente, en sociedades como la nuestra que se encontraban del otro lado de la esfera, esa música ruidosa que, según los conservadores y las dictaduras militares, invitaba al desenfreno, también fue considerada peligrosa y se convirtió en objeto de persecución. Sucedió en Guatemala, en México, en Argentina y un poco por todos lados, en donde la represión contra peludos y rocanroleros llegó a la brutalidad extrema. Woodstock, ese festival que se convirtió en la apoteosis de la contracultura, fue declarado en Estados Unidos una calamidad nacional.

Un dato curioso es que el rock interpretado en castellano se originó en Cuba, con Los Llopis, que tradujeron las primeras canciones de Elvis Presley. Aunque la verdad esto ya lo había hecho la mexicana Gloria Ríos, a quien siempre le cuestionaron su papel de pionera por ser una vedette dedicada al chachachá. Pero Los Llopis no solo tradujeron a Elvis, sino también adoptaron su actitud transgresora e inquietante. Y durante mucho tiempo en Cuba, el rock fue sinónimo de transgresión. La prohibición generó un culto hacia los Beatles y los Rolling Stones, mucho más extremo que en otras partes del planeta.

A principios de los años noventa, se realizo en un parque del Vedado, en La Habana, un multitudinario concierto, abiertamente roquero, en homenaje a los Beatles. Un década más tarde, Fidel Castro inauguraría en el mismo lugar, la famosa estatua de John Lennon y calificaría al músico como un símbolo revolucionario. El rock adquiría en la Isla carta de ciudadanía.

Por supuesto, el megaconcierto gratuito de los Stones en Cuba es un acontecimiento significativo, como lo sería en Guatemala, en Nicaragua o en Honduras. Pero desde lo estrictamente musical, no creo que esté deshielando nada. Durante más de un siglo e independientemente de las ideologías, de Cuba han surgido las músicas más innovadoras, sonidos de los que nos seguimos y seguiremos alimentado. Escuchar en toda su fuerza Paint in black en La Habana debe ser una experiencia intensa, como si solo ahí la canción adquiriera su verdadero sentido. Pero, más allá del barullo, es solo un acto de justicia poética.

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