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Perdido en la Semana Santa

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Lado b

En una de las primeras fotos que guardo de mi infancia, estoy, en brazos de mi madre, vestido de cucurucho, justo en la esquina entre el Palacio del Ayuntamiento y el Palacio Episcopal de La Antigua Guatemala, frente a la zapatería que por mucho tiempo tuvo ahí don Salvador López, también fotógrafo excepcional y a quien creo que se debe la instantánea. Eran principios de los años sesenta y yo debo de tener menos de dos años. Tiene que haber sido un Viernes de Dolores, día de la procesión de Catedral, que por muchos años fue la única procesión de los “chiquitos”.

Provengo de familias ‘procesioneras’, los Mollinedo y los Solórzano. Para ellos lo de la Semana Santa es un ritual que va más allá de lo puramente religioso, es vida familiar y comunitaria, es un sin fin de anécdotas que han ido construyendo una leyenda.

Mi tío René Méndez Mollinedo me llevó por primera vez a las procesiones de la gente grande, la de la Merced y la de San Felipe. De esta última proviene la historia de mi primer extravío, que por mucho tiempo recorrió las sobremesas de las comidas familiares.

Tendría cinco años y a mi madre se le ocurrió que ya tenía la edad para ser aspirante en los dos cortejos más importantes del Viernes Santo. Del de la Merced por supuesto me fascinaban los caballos, los romanos, Poncio Pilatos, el buen y el mal ladrón. Me sentí parte por primera vez de una manifestación notable, poderosa.

La de San Felipe fue la aventura más interesante que viví en esos años. Mi tío cargaba la tanda uno, la de la salida de la procesión. Sacar o entrar las andas, iniciar o terminar el cortejo, es la experiencia más importante para todo cargador que se precie de serlo. La cosa es que mi tío quería estar temprano para no faltar al acontecimiento, pero en lo que mi mamá me ponía la túnica, los guantes, me peinaba y todo eso, nos fue agarrando el tiempo. Al llegar al templo eran ya las tres en punto. La procesión estaba por salir. Me dijo que fuera a pedir mi turno, el de aspirante, me indicó el lugar y me pidió que lo esperara ahí. Yo obedecí, pero en el preciso momento en que inició el cortejo, las cosas se complicaron. Vi una avalancha de cucuruchos casi correr hacia la puerta del templo y un mundo de gente abriéndose camino para ser partícipe del significativo momento. Y yo ya no supe dónde estaba. Perdí las referencias, perdí a mi tío y me quede con cara de asustado viendo para todos lados.

Las filas de cucuruchos empezaron a ordenarse y a caminar. Me dije que si seguía la ruta de la procesión hacia adelante tendría que llegar a algún lugar familiar. Así que caminé y caminé de San Felipe a Jocotenango y luego toda la Calle Ancha. Era la primera vez que me desplazaba solo y fue como descubrir otro mundo, descubrir la calle y sus fascinaciones. Llegué hasta la tienda de mi tía Chila en el Manchén. Ahí se vendió por muchos años el mejor chinchivir que pudiera encontrarse en la ciudad. Así que me quedé sentado en el mostrador, bebiendo una botella de esa exquisita limonada con jengibre, y esperando a que las cosas volvieran a su cauce normal.

En los años noventa, regresando a La Antigua, luego de un exilio que duró diez años, tenía una gran necesidad de reconciliarme con mi ciudad. No soy creyente, sino más bien libre pensador. Sin embargo, la única manifestación digna para integrarme nuevamente a la colectividad, me pareció la Semana Santa. Detesto la política partidaria y no soy apasionado del fútbol. Las procesiones me conectan a una parte de mi historia, a mis orígenes, a muchas cosas que no me resigno perder.

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