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Cola de Sirena

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SOBREMESA

El Viernes Santo por la tarde, la nana comenzaba la cantaleta de “cuidadito se baña el día de mañana porque se vuelve Sirena”, y luego venía la advertencia sumarísima de, “porque los niños que se bañan el Sábado de Gloria se vuelven pescados, ¿y usted no querrá convertirse en róbalo o en un boca colorada, verdad?”, replicaba la nana María con autoridad de general en jefe, mientras movía su dedo índice derecho para confirmar una vez más la advertencia.

El temor de convertirme en pescado o en el mejor de los casos en Sirena se agudizaba por la noche, después de la última procesión del día y de la cena de frijoles y huevos revueltos, cuando, ya arropada en la cama de uno de los cuartos de la casona vieja de Amatitlán, le pedía a mi madre que por favor no apagara las luces que llegaban de la cocina para alumbrar el cuarto, por el miedo a los bichos, a los alacranes, a las serpientes coralillos que sentía se paseaban tranquilas por debajo del colchón de paja, y por las advertencias de María que seguían retumbando en mi cabeza, “ni se le vaya a ocurrir meterse al lago mañana, porque se ahoga o se convierte en pez”.

Un pequeño malecón de piedra sostenía las bravuras de las olas de aquel lago de agua espesa y verde. Y yo, sentadita en el filo de la piedra, pensando en qué bonito sería nadar como pez, pero con miedo de tocar el agua por la advertencia, esperando que una ola de improviso lo salpicara a uno sin querer, esperando el momento del prodigio, que con el agua se sucediera la magia de verme trasformada en Sirena de cola de escamas verde tornasoladas, con un par de aletitas turquesa, como las que aparecían dibujadas en el cartón de la lotería que jugábamos en la Feria de Agosto con granitos de frijol o de maíz.

Para entonces, el Sol me había arrebatado el miedo y la cordura. “Sería genial”, pensé: mis piernas convertidas en cola y, sin pensarlo dos veces, me tiré al agua sin el tubo negro de goma de llanta que usábamos como salvavidas, para ver si el agua mugrosa del lago hacía el hechizo y se me realizaba el prodigio anunciado. Me tiré al agua y sentí los tules enroscándose, tocándome como manitas de pulpo, y el agua opaca y sucia tapándome las narices. Grité muy fuerte, pues mi cola de Sirena se enroscaba entre la maleza acuática y corría peligro de perder su brillo y, además, recapacité en un minuto de lucidez mental, que ya sin piernas iba a necesitar ayuda de alguien para subir por las graditas del malecón.

Una toalla enorme decorada con la figura de un tigre anaranjado con rayas me enrolló el cuerpo a la salida del agua. Dos sopapos de mi madre saludaron mi audacia de tirarme al lago sin saber nadar, mientras mi nana me consolaba con un “se lo dije, se lo dije, le advertí que los niños tienen prohibido bañarse el Sábado de Gloria”. Y yo enrollada en la toalla, debajo de un viejo sauce, sobre una grama puntiaguda y tiesa, titiritando de frío, más triste que nunca, porque no había permanecido el prodigio, porque quizás me habían sacado demasiado rápido del fondo marino y el agua aún no había logrado cumplir su efecto, y sobre todo porque me había quedado para siempre sin mi preciosa cola de Sirena de color verde mar.

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