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Macario

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Después de servir al Ejército, ya de baja fue contratado en la capital por un militar de alto rango. Con él permaneció varios años, haciendo las veces de jardinero, guardián y chofer.

 Esto último era lo que más disfrutaba: ir al volante de un Mercedes-Benz full equipo, recién lustrado por él mismo, bajar el vidrio y lucirse con las empleadas de la cuadra dejándose ver así, pavorreal echando chile, mirando al frente, la espalda hundida en el asiento de cuero. “Qué tiempos aquellos”, exclama, ufano, y la vista se le va, como buscando las nubes.

 Pero la sensatez se impuso y un día optó por dejar la jungla de asfalto, donde –lo cito– “la vida no vale nada”. Se le hacía inconcebible, y sigue sin entender aún, cómo la gente en la ciudad permanece anestesiada entre tanta violencia: un asalto a plena calle y todos hablando por el celular, viendo para otro lado. Un cadáver descuartizado en la baqueta y nadie voltea. Eso me dijo.

Foto: Edward Zulawski, bajo licencia de Creative Commons.

Foto: Edward Zulawski, bajo licencia de Creative Commons.

 Regresó entonces a su natal Tolimán. Una vez ahí fue reclutado por una de tantas empresas de seguridad privada que prosperan agradecidas entre el miedo endémico y la zozobra nacional. Con el salario que obtiene como agente raso apenas llega a la mitad de lo que ganaba antes, “pero al menos mis hijos pueden crecer en un ambiente más tranquilo”, sostiene con firmeza.

Custodia la entrada de un Banrural, cateando a los clientes: el uniforme rojo sangre, las orlas doradas, las botas negras, la cabeza casi al rape, la escopeta en ristre. “¿Me permite revisarle la mochila? Apague su celular, por favor. Pase adelante”.

Macario, se llama. Al cabo de las semanas nos hicimos cuates.

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