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Ayer

De los días de Cuaresma recuerdo la mano de mi padre apretando con fuerza la mía, pidiendo, sin palabras, protección y amparo. El miedo de  lo sagrado es indescifrable y extraño, asustan y asombran  la iglesia lúgubre y húmeda, el intenso olor a candela,  a flor marchita e  incienso;  el rezo encadenado como súplicas de muchas letanías  ante grandes imágenes que adornaban los nichos cubiertos como espantos con telas moradas, seres invisibles jugando al escondite  por  vergüenza o pena.

De lo alto de los campanarios llega el golpeteo de la matraca anunciando el tiempo de recato y penitencia.  Las palomas vuelan asustadas sin poder regresar a las torres.  “Jesús morirá a las tres de la tarde en punto”, nos dice mi padre. “Por nuestros pecados, por los del mundo entero”, puntualiza,  y el terror por la culpa me eriza la piel volviéndola de gallina por la incomprensión del misterio o del delito.

Al fondo de la iglesia, muy cerca del altar, la procesión espera el santo y seña del cura para recorrer  un año más las  calles de la ciudad del calor y del asfalto.  Jesús viste  túnica de terciopelo rojo  y camina en medio de un campo de  azucenas de papel crepé.  Varios ángeles, guiados por cisnes,  le señalan el camino del martirio al Nazareno.

Dos y media  de la tarde de un Viernes Santo  y recuerdo alucinada los cisnes inmensos de alas blancas y plumosas, pegazos  acuáticos,  de picos naranja llevados por  ángeles coronados con cordeles dorados.  La estampa aún me conmueve, en medio de aquel  recinto repleto de rezos,  incienso, velas y corozo.

La cruz de Jesús  es siempre demasiado grande, demasiada pesada y  su mirada me increpa  con reclamo o con piedad algo que no logro comprender o descifrar.

Las primeras notas de la orquesta que acompañará el paso de la procesión me devuelve a la realidad y de repente  decenas, cientos, miles de cucuruchos vestidos de morado invaden el mundo,  la iglesia, para unirse al cortejo de cargadores  de Jesús.

De la infancia conservo el asombro y magia de los ritos cuaresmales. El enigma de la mirada de los nazarenos barrocos.  El gusto por las procesiones y  una extraña predilección por lo cursi de esos decorados con cisnes y ángeles . Pero sobre todo conservo, como asidero en tiempos nublados, la presencia de mi padre y su  mano fuerte apretando la mía.  La magia continúa.

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