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Hablemos de sexo

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En sociedades tan conservadoras como la nuestra, hablar de sexo es un tabú. Muchos ni siquiera se atreven a nombrar algunas palabras en voz alta. Dicen “hablar de aquello”, “hacer eso” y “tocarse ahí”. Existe un millón de sinónimos para nombrar los órganos genitales. Cualquier cosa por ridícula que suene es mejor que decir pene y vagina.

Pero no confundamos ese aparente puritanismo con la abstinencia. Aquí todo el mundo “lo hace”. No conozco a nadie que haya nacido de una virgen o que lo haya traído la cigüeña de París. Todos tenemos ombligo, nacimos de un buen coito o de un mal polvo. Aún no se ha comprobado si esa experiencia primigenia se nota en la cara o queda como un rasgo del carácter. Lo cierto es que todo ser humano debería tener derecho a nacer del amor entre dos personas o de la decisión consciente de dos adultos de traerlo al mundo.

A mí, mis padres nunca me hablaron de sexo. Las monjas del colegio tampoco lo hicieron. Solo repetían como loras que todo era pecado. Si daba placer era pecado. Si se sentía rico era pecado. Si me tocaba y me mojaba era pecadísimo. Me metieron el “por mi culpa, por mi culpa y por mi gran culpa” hasta en la sopa. Era tanto el miedo que no recuerdo cuántas noches pasé en blanco pensando que estaba embarazada o que moriría de SIDA por haberme dejado besar y meter mano en el cine.

Todo lo que supe del sexo (antes de hacerlo) lo leí en algún libro. Ahí entre las páginas de las novelas, cuentos o ensayos descubrí cómo se hacían los hijos y cómo se evitaba hacerlos. Busqué y obtuve la información necesaria para poder tomar mis propias decisiones.

Ahora que veo atrás pienso que esa información debí haberla recibido en el colegio. ¿Cómo es que confiamos en el sistema educativo para que nos enseñen todo de la vida menos algo tan elemental y útil como la sexualidad? La sexualidad es para disfrutarla y no para sufrirla. Hay que hablar más de eso, tanto en la casa como en la escuela.

Talvez culturalmente no estamos preparados para escuchar a nuestros padres explicándonos cómo usar un condón. Pero, los maestros y catedráticos podrían dar información puntual y científica al respecto. En algunos países en donde la sexualidad se estudia en los colegios e institutos, existe la opción de eximir a los hijos de cualquier parte del plan de estudios que choque con las creencias personales. (Por aquello de padres demasiado cuadrados). Por ejemplo, en Massachusetts, los padres de los adolescentes reciben una carta en donde se les explica que el curso incluirá aprender y discutir sobre la pubertad, anatomía y reproducción, relación de citas, la variación en la sexualidad humana, la comunicación efectiva (habilidades asertivas y de rechazo), las consecuencias de las conductas no saludables y de la abstinencia. Los jóvenes exploran sus propias estrategias de toma de decisiones y las dudas son contestadas de manera apropiada para su edad. Se respeta la privacidad, los valores y las creencias de cada estudiante.

Y es que al final, las decisiones son personales pero se debe contar con la información adecuada para que esas decisiones sean las mejores.

 @liberalucha

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