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Columnistas

De poderes e inodoros

opinion

Lado b

Provengo de un tiempo en que el alcalde era un señor que habitualmente te encontrabas en la barbería, cortándose los pocos cabellos que le quedaban y hablando de tú a tú con los parroquianos. Por supuesto, hablo de La Antigua Guatemala, cuando la ciudad no llegaba a 20 mil habitantes y la mayoría de la gente, incluso el alcalde, te paraba por la calle y te preguntaba por la familia y le enviaba saludos a tus padres. Ser alcalde supongo que era algo importante, pero hay que reconocer que los elegidos, independientemente de su credo político, se lo tomaban con calma.

Durante algún tiempo, cuando yo andaba por la escuela primaria, el alcalde de la ciudad fue también mi dentista. Sospecho que el sueldo como funcionario era tan limitado que no se podía dar el lujo de abandonar el consultorio. Mi padre me habló de algo así como 300 o 400 quetzales, en fin como 50 quetzales más de los que él ganaba como director del hospital nacional.

Frente a mi escritorio, entre otro montón de imágenes fetiche, está pegada una postal del Palacio del Ayuntamiento de Antigua. Debe datar de los años sesenta, justo cuando mi tía Tití era la registradora civil y su oficina quedaba en el segundo nivel del histórico edificio. Con mi primo José Fernando (esto ya lo he contado en alguna ocasión) nos pasábamos las tardes jugando en el gran corredor, por donde también salía o entraba el alcalde. Más allá del policía municipal que cuidaba el portón, no había personal de seguridad ni cámaras ni guardaespaldas, la gente entraba libremente hasta el despacho del regidor a solucionar problemas relacionados con la basura o el agua.

Recuerdo todo esto mirando a Neto Bran, el alcalde de Mixco, por la tele. No lo conozco ni soy vecino de Mixco, pero me cae muy bien hasta el momento, me da la impresión de que quiere hacer bien su trabajo. La contraparte saludable de un Otto Pérez Leal y sus ínfulas de junior y guapo de barrio. Para qué jodidos quería este último un jacuzzi en el despacho. Si aún no estamos convencidos del proceso de decadencia que sufren las instituciones, solo hay que observar detenidamente la oficina que OPL se mandó a construir como alcalde para convencernos del todo.

Más que de dinero y corrupción, el Partido Patriota fue sinónimo de vulgaridad. La expedían en las palabras, en los mítines, en las prendas de vestir, en los automóviles, en los decorados, en los despachos… Esa borrachera de poder, ese gen anti social, esa fascinación malsana por los signos exteriores de riqueza.

OPL creía que la mayor manifestación del poder era encerrarse a piedra y lodo en un bunker que lo aislaba de todo, hasta de sí mismo. Un ser inalcanzable paseándose en Lamborghini por las calles destrozadas y sucias de la comunidad que le daba de comer. Un junior del subdesarrollo jugando a la celebridad. Un tipo inseguro y alienado incapaz de tener conciencia de su propia inutilidad. Lo más curioso del asunto, es que a su salida haya desmantelado el baño del despacho municipal y se haya llevado el inodoro ¿Estaría bañado en oro? ¿Cumpliría alguna función especial más allá de la higiénica y evidente? ¿O representaba el símbolo supremo de su poder?

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