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Columnistas

El señor de los pájaros (3)

opinion

SOBREMESA

El día que murió mi madre la casa se llenó de ruidos extraños, de una tristeza gris y pegajosa. Los pájaros no volvieron a salir de sus jaulas y los trinos que alegraban el patio de las azaleas y los geranios cambiaron por sonidos apurados y exigentes: el tocador de la casa reclamando la apertura inmediata de la puerta; el paso rápido y en carreras para llegar al dormitorio en donde se encontraba ella, inerte, como dormida, aún con la mascarilla de oxígeno amarrada en la cara. El murmullo interminable del rezo, mi llanto de lejos, detrás de una puerta, el teléfono y el chocar de tazas, cubiertos y porcelanas preparando un café espeso y muy dulce destinado a alentar a los vivos en la pena.

Sus pájaros nunca volvieron a salir del encierro.

No hubo más cenzontles que marcaran con su trino las horas del día ni canarios que aderezaran la hora del almuerzo, el caldo claro con naranja agria ni el arroz frito salpicado con arvejas verdes. Ángela, la cuidadora de aves, decidió que al morir mi madre las aves deberían permanecer enjauladas para siempre, en señal de duelo, encerradas en el último cuarto de la casa, en donde se planchaba la ropa y guardaban los canastos, y pocos llegábamos a visitar.

Nunca volvimos a mirar los azulejos revoloteando entre las camelias y los geranios, ni a escuchar el murmullo de las chorchas, como si estuviéramos cerquita del mar. No supimos qué paso con el pájaro de la puñalada o el bello cardenal de cresta picuda y plumaje muy rojo que caminaba tranquilo, como dueño y señor, por los corredores de cemento de la casa, ni las manadas de coronaditos que brincaban en las lajas de piedra del patio, picoteando de aquí para allá, recogiendo el alpiste que regaba Ángela todas la mañanas para que se entretuvieran como gallinas de corral.

Pocos días después de la tragedia, cuando me distraía observando a mi hija montada en su triciclo rojo, recorriendo con fruición una y otra vez el pequeño corredor de la casa, escuché el toquidito suave y discreto del tocador de la puerta de calle, que me distrajo de mis pensamientos: “Es el señor de los pájaros”, dije, como si estuviera platicando con ella.

Pasó adelante, pero aquella tarde calurosa de marzo no llevaba en la espalda la pajarera ni en la mano la caja de madera encerrado el tecolote que había espantado a mi madre en su anterior visita.

Iba vestido de luto, de impecable negro, y se descubrió la cabeza en señal de respeto y duelo. “Lo siento mucho”, dijo entrecortado, con voz de pajarito. “Me lo contaron los pájaros”. Y me relató cómo el día en que murió mi madre, el pequeño tucur había cantado de madrugada como si fuera gallo.

El señor de los pájaros permaneció inmóvil, con la vista puesta en el patio de las azaleas y los geranios mientras la niña insistía, maniobrando su triciclo, dando la vuelta cerca de la cocina.

“Aquí ya no cantarán los pájaros me dijo” y se despidió. Le agradecí con un abrazo y entonces me percaté que su cuerpo era blando como esqueleto de pájaro gigante y que sus brazos eran dos alas fuertes y plumosas de halcón, como los que sobrevuelan los montes azules del Quiché.

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