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You are the boss!

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You are the boss! La frase está en inglés porque suena más auténtica y cercana a la cultura que la vio nacer. El significado –entre otros posibles– es que tú eres el forjador de tu destino, quien toma las decisiones importantes para convertirte en lo que deseas ser, por adversas y difíciles que sean las circunstancias. Al final, ¡tú puedes…si quieres! Es el mensaje que nos lanzan algunos psicólogos de moda y diversos atletas del éxito exhortándonos a desarrollar los músculos de la voluntad y  la ambición.

En el duelo existente entre voluntad y circunstancias, o sea, al interior de esa batalla que libramos para intentar dejar de ser víctimas u objetos del entorno y poder construirnos como sujetos, se expresa la lucha que hay en el cosmos entre las fuerzas centrífugas, de expansión y creación, y las fuerzas centrípetas, de inercia y conservación. Lo que llamamos realidad no es, al final de cuentas, sino un precario compromiso entre esas dos potencias que nos estructuran como conciencia y que son la respiración, o el diástole y el sístole del universo. Sin embargo, los márgenes reales de movilidad o de libertad que hay entre voluntad individual y circunstancias no suelen ser tan amplios como los sacerdotes del optimismo subjetivo intentan hacérnoslo creer.

La consecuencia práctica del “I’m the boss” o –lo que es lo mismo– del mito cultural norteamericano del “self-made man”, es que al elevar la noción de individuo (o de sujeto proteico) a una categoría cuasi-religiosa desprendida de lo social y de lo histórico (lo social y lo histórico se reducen a meras circunstancias), esa noción se convierte en el principio explicativo de casi todo, ahorrándonos el esfuerzo de analizar y de profundizar la realidad. Surgen entonces afirmaciones simplistas como: “Si estás así, es porque quieres. Si los indígenas están así, es porque quieren. Si el país está así, es porque quiere”. O a la inversa: “Si quisieras mejorar, lo harías; si ellos quisieran mejorar, pondrían de su parte”.

Hace un mes conocí en Antigua a un exbanquero suizo, sacerdote-profeta de la voluntad y del capitalismo, que llevó ese principio explicativo a tal extremo, y puso la barra de exigencias tan alta, que terminó dándoles de su propia medicina a nuestros apóstoles locales. “¿Por qué los ricos de Guatemala no se marchan a vivir a otras partes, pudiendo escapar de la somnolencia del país para relacionarse con las élites del mundo? Seguramente porque no quieren, no son ambiciosos, son pueblerinos y superficiales, dijo él mismo. ¿Por qué las élites económicas del país se sienten incómodas cuando hablan con extranjeros? Se nota que son torpes e incultas. Como la mayoría de la población, son tímidos y desconfiados y no hacen esfuerzos por mejorarse. ¿Por qué las élites del país no innovan, no crean, no invierten en lo social como se hace en otras sociedades? Está claro: prefieren guardar todo para sí, carecen de visión y de educación, no piensan en su sobrevivencia a largo término, no han entendido nada de nada”.

En suma, en ese encuentro extraño con el exbanquero, y gracias a ese demente principio explicativo del “you are the boss”, comprendí que los ricos del país pueden despertar más críticas que los indígenas, porque al menos muchos de estos intentan salir del país, buscan mejorarse y luchar, mientras que los ricachones y allegados, teniendo todos los recursos a su alcance, lo que hacen es solazarse en su propia estupidez, sus prejuicios y su inmovilidad, simplemente porque se les da la gana.

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