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Columnistas

Juan Carlos Llorca, el muchacho de los cabellos verdes

opinion

Lado b

Era lo más parecido a un punk que me tocó en gracia conocer en la Universidad Rafael Landívar, y esto apenas tenía que ver con el hecho de que apareciera un día con el pelo pintado de verde y al otro día, de azul o de anaranjado.

No. Era más bien su desparpajo, su vocación innata por la provocación, su humor negro y retorcido, su deseo de que las cosas se desordenaran, su eterno espíritu de contradicción. Un punk ilustrado en épocas de acomodamiento fashion, con unas ganas enormes de comerse el mundo y una sed intensa de conocimiento. Lo quería leer todo, escuchar todo, mirar todo. En clase adoptaba la actitud del ishto malcriado, lanzando preguntas que a veces desconcertaban. Lo hacía por joder, pero lo hacía con gracia. Una inteligencia brillante que lo volvía encantador, aunque a ratos también insoportable. Un espíritu refinado, un hombre dueño de una bondad y una generosidad fuera de serie, cuando lograbas atravesar las corazas.

Si me preguntan por él, diré que era uno de los periodistas más talentosos de su generación. Es más, el talento le brotaba naturalmente. Era intuitivo y nada académico. El blanco preferido de su humor, en ocasiones brutal, era la impostura, la pose intelectual, la hipocresía disfrazada de corrección política. Era un apasionado del lenguaje, por otra parte. De todos los alumnos que pasaron por mis clases, fue el que mejor comprendió la fuerza asesina del adjetivo, del término correcto. No necesitaba opinar sobre nada, le bastaba con describir minuciosamente y con propiedad lo que observaba.

Era provocador, ya dije, pero su campo de batalla era el de las ideas. Le gustaba retar, medir el ingenio.

Muchas de nuestras pláticas fueron enfrentamientos verbales para ver quién construía, sobre la marcha, las historias más absurdas y delirantes. Era un narrador envidiable y yo traté siempre de empujarlo al campo de la literatura, pero él a la literatura le tenía demasiado respeto. Nunca quiso aventurarse en sus territorios. Su entrega al periodismo fue total, era su campo de batalla, su trinchera, su espacio de resistencia.

Cuesta creer que un tipo como él esté muerto, pero lo está. La muerte es una mierda. A mí no me queda otra que reencontrarlo en sus palabras.

Coda:

Un año después de haber escrito lo anterior, releo los textos de My Life in Juarez –el blog que Juan Carlos inició el 12 de noviembre de 2010, poco días antes de partir hacia El Paso, Texas, y cuyo último posteo está fechado el 16 de noviembre de 2014, pocos días antes de morir en esa ciudad estadounidense de un ataque al corazón– y es una experiencia intensa y un tanto extraña. Tengo la sensación de que más que una relectura, ha sido una larga conversación telefónica con Llorca, en donde como siempre nos hemos reído a costa nuestra y de los otros; hemos despotricado contra las miserias de la época; hemos celebrado un libro, una película, un disco, un comentario inteligente y nos hemos dado una cita imprecisa para tomar café y seguir charlando de cualquier cosa. No me atrevo a decir que es el mejor escritor de su época, porque aunque lo piense, temo que no voy a ser imparcial por el exceso de nostalgia y de cariño. Lo que sí puedo asegurar es que es el más auténtico y entrañable, que cada página suya exuda talento, garra, agudeza, soltura, gracia. Nunca se le dio la gana escribir un cuento o una novela. En realidad, buscaba una forma (literaria o no) que le permitiera sacar el terremoto que llevaba adentro. A sus 40 años, era un hombre prematuramente desencantado, pero con una vitalidad capaz de arrastrarte a las aventuras más delirantes. Lo atormentaban y le dolían muchas cosas, pero lo que guardaré de él para siempre en la memoria es su risa cautivadora y franca. My life in Juarez puede leerse también como un gran relato, como la novela de su exilio en el desierto (y esto apenas es una metáfora), desde donde nos deslumbraba con su lucidez, su mala leche, su ternura, y ese sentido del humor que lo salvaba –nos salvaba– de los malos rollos y del enrarecido aire de los tiempos.

*Este texto se incluye como prólogo de My Life in Juarez, libro de Juan Carlos Llorca que publica Plaza Pública, y que se presenta mañana miércoles a las 19:00 hrs. en la Librería Sophos.

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