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Tortrixfascismos

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Hay infinitos fascismos en este mundo, aunque su expresión en la vida de todos los días podría resumirse, por un lado, a un sentimiento de sobrevaloración del grupo principal, clase dominante o casta al cual uno pertenece o con los cuales uno se identifica y, por el otro, a un escalonado y no disimulado desprecio hacia grupos o personas que son distintos a nosotros ya sea por el color de la piel, por su condición sexual, o por su situación económica, social, ideológica o religiosa y que, precisamente debido a alguna de esas características, consideramos no sólo como inferiores, sino como indignos de ocupar puestos de poder o de influencia en la sociedad.

En Guatemala, nuestro fascismo cotidiano es un complicado chirmol elaborado con dosis míticas de racismo, clasismo, machismo y paternalismo, mezcladas con inconfesables complejos de identidad, resentimientos varios, envidias múltiples y ambiciones desmesuradas que nos hacen, a veces, y sin querer, ser lo que somos, individual y colectivamente: dulcemente amables, neciamente intolerantes, cómicamente torpes y asombrosamente incapaces para meternos en las zapatillas del otro. En este sentido, el fascismo nuestro es una especie de líquido amniótico dentro del que flotamos desde nuestro nacimiento, y que se encuentra democráticamente distribuido en la sociedad tanto desde arriba hacia abajo y desde abajo hacia arriba, como de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.

Sin embargo, al interior de esa fauna de pequeños fascismos hay uno que es cosecha especial, digamos, un “fascismo alfa” originado en los sectores más reaccionarios, incultos, trogloditas y cínicos de nuestra sociedad, y que prolifera tanto entre las capas “altas”, como en sectores que tradicionalmente han sobrevivido prestándole servicios a esas clases, tales como el sector militar y una parte de las capas medias compuestas por profesionales, pequeños industriales y comerciantes. Estamos hablando del tortrixfascismo, esa especie de enfermedad disociativa grave tan ampliamente extendida en nuestro país.

Tengo conocidos que practican el fascismo a la tortrix. Son personas “normales” y hasta simpáticas, pero desde el momento en que se menciona algún asunto que tenga que ver con realidades como los porcentajes de pobreza, los problemas de desnutrición infantil, los grados de mortalidad materno-infantil, la cantidad de familias monoparentales, el problema de la tasa de nacimientos, o los crímenes de lesa humanidad cometidos por el ejército, las tumbas de mujeres y niños torturados en los cuarteles, las masacres y desapariciones, las violaciones, etcétera, se produce en ellos no una crispación, sino una imperceptible sonrisa paternal que extiende su brazo sobre mi hombro y con una mueca olorosa a guaro me dice suavemente, con voz amigable y autosuficiente: “Y vos de veras creés en lo que dicen los periódicos? ¿Acaso no sabías que las estadísticas mienten? ¿No ves que pusieron los muertos allí sólo para fabricar pruebas? ¿Y querés darle crédito a unas indias manipuladas por los noruegos y por oenegeros comunistas que viven del huevoneo y del odio? ¡No, vos, ya basta de remover el pasado, hay que saber perdonar y mirar hacia el futuro!”

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