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De transparencias y pizzerías

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Lado b

“¿Qué estoy haciendo aquí?”, “¿quién me metió en todo esto?”, ¿por qué no tengo la fuerza de carácter necesaria para decir no?”, ¿quién jala los hilos?”, “¿quién dirige la película?”, “¿dónde diablos dejé perdido el guión?”, supongo que son algunas de las preguntas que Jimmy Morales se hizo al nomás pisar el despacho presidencial, esa oficina ubiquista, construida especialmente para dejar bien claro quien ostenta el poder –un poco demodé el recinto, es cierto, medio bananas republic fashion style, pero con la simbología necesaria para empequeñecer a cualquiera que cruce la puerta sin los requisitos necesarios–.

Pero, ¿quién manda en este país al borde del desastre? “No yo”, dirá para sus adentros el flamante presidente, quien frente al descalabro nacional que se le viene encima, prefirió dar media vuelta e irse a comer tostadas al Mercado Central. Las penas con pan son buenas y además, es bonito sentirse mimado, abrazado, celebrado. Es como volver a la euforia de la campaña presidencial, cuando todos te dan la mano, te ofrecen plata, te regalan relojes y zapatos, y uno puede caminar hacia adelante a fuerza de simpatía, decir y ofrecer lo que se le venga en gana, negociar de tú a tú con los ricos y contarle chistes a los pobres. ¡Ah! si la vida fuera una campaña perpetua, si no llegaran los 14 de enero y las cuentas por pagar y las decisiones por tomar y las órdenes por cumplir y las llamadas por contestar y todos aquellos que creíste tus meros liebers gritando a todo pulmón por plazas, calles y avenidas. Unos que quieren pan, agua, medicinas, educación y otros jode que jode pidiendo pisto, contratos, plazas, ministerios, privilegios. ¡Ah! si los presidentes mandaran, como en los tiempos del General Ubico, tres palos y se callaban y no volvían por más…

Jimmy recuerda que es un actor, una estrella de la televisión, un hombre capaz de sonar bonito, de que sus palabras conmuevan a las masas, de recitar completo el himno nacional y, sin embargo, hay golpes en la vida… como el que le acaba de propinar Mario Taracena, robándole limpiamente la escena, echándole por los suelos 20 años de efectos especiales, de manejo de medios y de público. Si Jimmy aprendió a caminar por la alfombra roja y a vestirse para la ocasión, Taracena sabe como desplazarse por los vericuetos, por los pasillos menos elegantes de la política, aprendió a hacerse notar y a pasar inadvertido, a entrar por la puerta grande y a colarse victorioso por la puerta de atrás. Es un animal político y conoce como sobrevivir en la selva.

Un presidente cenando en una pizzería popular es un buen golpe publicitario, supongo, si se vive en un país correcto, en paz y en concordia, y no se tiene en las manos una bomba a punto de estallar. En las actuales circunstancias y en un lugar como Guatemala, es evidente que tiene más efecto un diputado transparentando las cuentas del Congreso y tratando de sondear en las alcantarillas de la corrupción. No sé cuánto nos pueda durar el entusiasmo, pero a golpe dado no hay quite, decía mi abuela. Jimmy se desvanece en su reino, es decir la pantalla chica, mientras Taracena se pasea triunfal por los set televisivos, como quien acaba de ganar el american idol.

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