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“El Matarratas”

opinion

ayer

Se llamaba Manuel Sinforoso Menéndez, pero el abuelo le decía simplemente Manuelito. El diminutivo le venía como anillo al dedo porque era bajo de estatura, pelo abundante y colocho como de Niño Jesús y llevaba siempre los pantalones cutos arribita de los tobillos. Tenía los cachetes inflados como si estuviera chupando bolitas de miel y no dejaba de sonreír a pesar de ser sholco de los dientes de enfrente. Manuelito llegaba dos veces al año a la casa del Callejón Normal, una antes de iniciar las lluvias, a finales de marzo, y otra a mediados de noviembre, cuando se tenía la certeza de que ya no llovería más. “Dígale a don Dámaso que llegó Miguelito”, era el santo y seña que daba a la empleada cuando le abrían la puerta, después de haber aporreado el portón con el tocador de manita de león. Manolito entraba como Pedro por su casa

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