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Columnistas

“Lázaro”

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Viaje al centro de los libros

Luis Cardoza y Aragón escribió Lázaro al final de su vida, un intenso poema donde el hombre se resiste a desaparecer. La obra se publicó póstumamente en México en 1994, dos años después de la partida de nuestro poeta, y su lectura es fascinante. El poeta se viste de Lázaro y entiende que “Parpadeamos / Somos viejos”, porque la vida pasa volando, y como en las coplas de Manrique son ríos que van a dar a la mar: “Los cuervos amarillos / Vienen y van al mar / Cementerios de ríos.”

Cardoza reclama al Creador, en quien no cree, que le haya dado la vida si no ha de ser eterna, aunque en arranque de furiosa virilidad exprese que: “Y no saber adónde vamos ni de dónde vinimos. / ¡Un comino! / Yo soy el infinito”.

Lázaro regresa de la muerte, y la experiencia es dolorosa, porque tendrá que repetir el tránsito efímero por una realidad que duele, donde la acción diaria se compara con las noches de insomnio. Al final de cuentas el resucitado no llega a entender si está vivo o muerto, y sabe que nunca lo supo ni lo sabrá.

El poeta escribe sus versos pensando en lo rápido que se fue la vida, y la memoria lo devuelve al paisaje original de los volcanes en La Antigua, al cielo azul y los pájaros, a las flores que se abren y cierran en un suspiro. El tránsito lo enfrenta a su casa en el Callejón de las Flores, en Coyoacán, esa esquina mexicana que es memoria vívida de su infancia antigüeña, y a la añoranza por Lya, la mujer que lo acompañó en su paso por el mundo. Se aferra a la memoria y grita: “Acabo de nacer y ya estoy muerto. / Yo no solo nací para morirme. / A cada instante pierdo la vida y la reencuentro. / Yo no solo nací para pudrirme”.

El poema asombra y golpea, porque su autor es un ser vivo que se niega a convertirse en piedra. Un anciano que cuando escribe, con la misma intensidad que en Pequeña sinfonía del Nuevo Mundo o Poemas, sus libros de juventud, logra atraer al lector al abismo de sus pensamientos, porque: “¿No todos los hombres soñamos los mismos sueños? / Aquel viejo mendigo y aquel pellejo que fue bello / Soñaron cosas prodigiosas y simples que los sobrepasaron. / El más mísero niño como príncipe sueña del gran imperio asirio. / Abatidos son por el mismo sol, el mismo viento la hojas meciendo / de olivos de Betania. / Tú crees que es la noche, y no hay día siguiente. / ¿Acaso hubo ayer?”.

Lázaro es un poema alucinante, un logro que hizo volver al poeta de entre los muertos.

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