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Columnistas

La feria de Jocotenango

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Ayer

En tiempo de nuestros abuelos y de los abuelos de estos, la llegada del mes de agosto con su feria patronal significaba todo un acontecimiento digno de fiesta y estreno.

 

Lo que más gustaba a los parroquianos de entonces de la feria de Jocotenango era la fecha estipulada para el jolgorio y el entretenimiento, además de la variedad de ventas y productos venidos de la provincia: fruta, dulces, cortes, losa de barro y los gitanos que llegaban con sus peroles para los dulces de guayaba y mango.

 

Todos querían asistir a la feria: caminando, a caballo o en tranvía, lo importante era llegar. Los más jóvenes lo hacían tocando pitos de barro, para celebrar el día y el entretenimiento: Diez, veinte, cincuenta pitos en eclosión de sonido anunciaban, en tiempos de nuestros antepasados, el inicio de la festividad más antigua del valle de la Virgen.

 

Los indígenas momostecos llegaban a la feria a paso de mula o cargando a memeches sus tejidos de lana: gruesos ponchos con diseños de caballitos que las señoras compraban para arropar las camas en las noches frías de diciembre, y los cortes de jergas negras, utilizados para confeccionar trajes de caballero, atuendos de casamientos o sepelios, por lo del color negro oscuro, según decía mi abuelo Dámaso, quien se aperaba para el estreno de las Navidades.

 

Por los serpenteantes caminos del altiplano veían a la capital los indios descalzos de Totonicapán cargando en sus espaldas pesadísimos cacashtes de madera, edificaciones altísimas de varios pisos repletas de trastes y enceres de barro: batidores y batidorcitos para el chocolate caliente y espumoso de las refacciones chapinas; escudillas redondas como guacales para los humeantes atoles, sin faltar las ollas panzonas en forma de güicoyes en donde hervían por horas y horas el maíz de las tortillas y los frijoles parados sazonados con apasote.

 

Las mengalas de Amatitlán llegaban en tren. Sus canastos de mazapanes y dulces de colación y de fruta- con nombres tan peculiares como el de matagusano o chanca- eran tan vistosos como sus faldas con enaguas, los chales de colores chillantes y los moñas satinadas con que adornaban sus trenzas de las mestizas.

 

Cada año la ciudad de Guatemala se vestía de fiesta con su feria de agosto. Feria para el estreno, para negocio y para el coqueteo y el cantineo, motivo para la fiesta y el regocijo, con música de marimba de fondo, un vals o mazurca de Hermán Alcántara, por ejemplo.

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