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Las cartas

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Ayer

“Queridísima Lolita”: decían siempre las cartas que les llegaban de Guatemala. “Esperamos que Dios las tenga alentadas y con buena salud. Aquí en Guatemala, la vida pasa demasiado despacio, aunque ahora el tiempo ha estado malísimo y el cordonazo de San Francisco nos ha traído muchísima lluvia…” Y después de informar sobre el clima, venía la noticia de los nacimientos, de los niños que habían nacido rubios y con bucles en el pelo o los morenos de ojos negros. Las bodas con novias relucientes con coronitas de azahares; los pleitos entre primas; los difunteríos con todos los detalles de agonías, herencias y últimas palabras del occiso; y las noticias de noviazgos afortunados en los que gracias a Dios la Carmencita había conocido al ciudadano alemán, que aunque viejito y bigotudo le había ofrecido ya las nupcias. No faltaban las novenas, los conciertos en las casas y los rosarios perpetuos en la iglesia de Santo Domingo por el mes de la Virgen del Rosario. Las cartas que llegaban de la patria estaban siempre llenas de volcanes, niños, aire puro y cielo azul.

 

Mi abuela y mis tías respondían puntualmente, con una caligrafía envidiable, fina, domada en horas incalculables de práctica. Respondían con misivas siempre amables, agradeciendo primero haberse recordado de ellas, las parientes solas de ultramar. Luego venían los abrazos y cariños para todos en la casa, y más adelante un sin fin de noticias de las más extraordinarias, que hacían más grande y profunda la distancia entre Guatemala y París. Contaban de todo y de lo más sorprendente, como que en Inglaterra estaba de moda hacerse retratos en el lecho, que habían descubierto que lavarse antes de acostarse era beneficioso para el rostro, que en Austria vivían muchos más judíos que en el resto de Europa o la primicia de que en Samoa había muerto el novelista inglés, Robert Louis Stevenson.

 

Conservo una carta de mi abuela en la que cuenta aquella noche maravillosa en que ella y los niños salieron a la hora justa al balcón de la casa, y todos viendo al horizonte como esperando el milagro, hasta que vieron cómo París entero quedó iluminado con la magia de la electridad. Según tengo entendido aquella carta, como todas, fue leída en Guatemala con tanta pompa y ceremonia como las escribía mi abuela, en reunión de mujeres, a las cinco de tarde, sentadas cerca del balcón, precisamente cuando en la Casa Central se rezaban las vísperas.

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