Viernes 25 DE Septiembre DE 2020
Cartas

Entre la Teoría y la Práctica

Fecha de publicación: 06-08-20
Por: Luis Alberto Vallejo Ruiz / DPI 2650 50006 0109

Cuando en los cursos de planificación se realizan ejercicios prácticos de simulación, los vectores, elementos o factores, son supuestos que están muy lejos de la realidad. Quienes elaboran los planes para enfrentar la pandemia que sufrimos, sentados en una mesa de trabajo, planifican con base en sus particulares conocimientos que, generalmente, son pobres, incompletos y carentes de juicios de la dinámica social, puesto que la forma de ser y condiciones de más de 17 millones de habitantes, como es nuestro caso, se conforma de multiplicidad de variables determinadas por, entre otras, de la ubicación, educación, moral, economía, vida social, etc., que tiene cada habitante del país. Penetremos en algunas de ellas considerando la constante de la pandemia COVID-19: la dinámica, conducta social e información de las áreas urbanas y rurales es diferente, puesto que el ciudadano de ciudad tiene mayor cercanía y, por consiguiente, mayor contacto social siendo sus grupos más grandes con una mayor posibilidad de contagio; gozan, en general, de una economía más alta y estable que les permite cuidarse mejor al recurrir a una mejor asepsia si agregamos la ausencia de agua potable en la Guatemala profunda y jabón; tienen mayor acceso a los medios de comunicación con lo cual se informan más (aunque ello es relativo gracias a la radiodifusión). Las áreas rurales con menor contacto con los centros urbanos tienen menos riesgo de contagio, pero carecen de una infraestructura de salud a la cual recurrir de enfermarse, pues no solo están a gran distancia de los centros de asistencia, si los hay, y de ser necesario hacerlo, carecen de caminos de terracería o vías existentes, sin vehículos en que transportarse. Lo económico es uno de los factores más diferenciales. Nuestros planificadores ”de mesa” planifican en función de las clases media alta y alta, desde sus inicios, puesto que no se han dado cuenta o no lo quieren ver, que al prohibir el transporte público y cerrar los centros de trabajo que contratan mayor cantidad de personas, están mandando a pasar hambre a la gran cantidad de trabajadores de la industria, el comercio y la agricultura oligopólica y, por supuesto, a toda la economía informal que, en conjunto, conforma más del 70 por ciento de la población.