Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Cartas

¡Ay, la plaza!

Fecha de publicación: 11-06-16
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Yvonne Aguilar

Hace muchos años, durante y a causa de la guerra y la intensa represión que azotaban el país, los sindicalistas y los guerrilleros murieron en la lucha por la justicia en este país. Una justicia social que pretendía revertir los fenómenos dramáticos de pobreza extrema que hoy son más execrables todavía. Lo que ha quedado es lo que tenemos. Así, quienes recrearon esquemas para consolidar las aspiraciones en que se fundamenta un Estado social y democrático de derecho, han ido acunando espacios y actores en pro de tal objetivo. Sí. Pero la historia ha demostrado que se toma el mismo tiempo en cambiar las cosas de lo que tomó llegar al estado de cosas que se desea transformar. Esto aplica de manera especial en el medio guatemalteco, dada su consabida, inequitativa y blindada estructura económica, el hermoso patrimonio de su multiculturalidad y debido a las rémoras de la guerra que se instalaron con violencia entre los sectores predominantes: las elites y los proletarios en sus diversos fragmentos (social, económico, político, intelectual, etcétera). Unos para dominar y los otros para ser explotados (aun así no se den cuenta). Por eso es que yo estimo que los del segundo andamos así, erráticos. Llevamos el equipaje a la espalda y, la famosa estatua de la Libertad se hace pequeña ante nuestros narcisismos, sean de la índole que sean. Nuestros héroes que subyacen en la tierra, fosas clandestinas, ríos, mares y volcanes nos miran desde allí, y, no, no era eso tras lo que iban…, no.

Y henos aquí, ahora, al ritmo de temblores y aguaceros sonando los atabales de la rebeldía, encendiendo fogatas de avisos presenciales y desoxigenando fuegos perniciosos a nuestras asumidas lides y embriagantes ideas. Alzada la espada y escoltada la bandera de la protesta. Clama un grito punzante a los estómagos en busca de roer a garganta abierta los males que nos azotan hoy. Y esta alevosía nos envuelve, hasta creer que las cosas que han producido nuestros “novedosos” desencantos del día a día, son más importantes que la vida. No importa que un generalote decrépito metido bajo la falda de su progenie obstaculice la justicia a extremos tales, que, ahora, se nos revierta el genocidio en la forma de una matanza selectiva en pro de penas inhumanas para los más pobres que más han pecado en este celestial laberinto que se llama Guatemala. No importa, no, claro, que haya eventos que nos podrían devolver la dignidad de pueblos ancestrales, al garantizar la no repetición de atrocidades cometidas en contra de mujeres mayas durante la guerra. No. No cabe mencionar el robo de los ríos ni la contaminación de los suelos ni la voraz debacle que asola nuestros bosques. Mucho menos exigir que renuncie el esperpento aterrador que encabeza el Ejecutivo, aun sabiendo sus “deslices”. Ahora lo que importa es que se destape el tubo de la escoria y garantizar que el esquema en que nos han hundido se mantenga.

La plaza aparece tomada. Hay recursos para clamar por llenarla, impelidos por el grito justiciero en contra de la corrupción, punta del iceberg de todas nuestras penas. Pero el pueblo no tiene esos recursos. La plaza tomada y hay recursos. Extraño fenómeno de un país con gente inanimada por el hambre, el miedo instalado y la represión amenazante de un gobierno militar como el que nos devasta el futuro ahora. ¡Ay la plaza! Ay, ay, ay, de los ahíncos de esos días que nos permitieron soñar con que sí podíamos empujar, aunque sea un poquitito, la tranca de esa fortaleza que nos roba las libertades desde hace tanto, pero tanto tiempo. Porque hoy sabemos, sí, lo sabemos que a pesar de todo lo realizado, existe en nosotros el sentimiento agrio de haber sido “peonizados” en un juego obsceno de intereses lejanos a lo que aspiramos. Por eso, sí, iré a la plaza cuando quiera. No la quiero tomada. Quiero recuperar el aliento mío y de los como yo, que no surgimos entonces, sino que venimos de lejos y no nos hemos cansado todavía.

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