Jueves 22 DE Agosto DE 2019
Cartas

Nuestro padre tenía una vida ejemplar

Fecha de publicación: 02-02-16

Mireya Molina

Estimado Yago:

Te conocí cuando yo apenas era una adolescente. Viniste a mi casa y mi padre te consideró más que un compañero de trabajo, te consideró un amigo. ¿Tendré que recordarte quién era Adolfo Molina Orantes?

Conociste bien a nuestro padre y debes saber que no queremos recordarlo únicamente por su trágica muerte, sino por su extraordinaria vida. Sabes que trabajó siempre lleno de profundo patriotismo, porque estuviste junto a él cuando fue presidente del Instituto de Cultura Hispánica y fuiste parte de esa Directiva. Era imposible no apreciar sus grandes dotes intelectuales y sabes que siempre trabajó por presentar a su país en las más altas esferas del mundo internacional, con el afán incansable de hacerlo cada vez más justo y menos confrontativo. Él vivió luchando consciente e incansablemente por la paz, porque amaba a su país, por su diversidad y riqueza cultural, siempre se sintió orgulloso de representarlo ante el mundo. Sabes que fue un hombre honrado y que fue un hombre que siempre ahorró los pocos recursos que tenía Guatemala, este país de eterna pobreza. Conocistéis sus altos valores y su humildad, el amor a su familia y a sus amigos. Hoy, su legado de buenos ejemplos son los que merecen ser recordados.

Mi padre, Adolfo Molina Orantes, tuvo grandes responsabilidades y realizó obras que son desconocidas para muchos pero de gran trascendencia para el país. Entre las cuales puedo enunciar alguna de ellas:

– Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas, Usac (1954-1958) Durante su período, se instauró la autonomía universitaria y el Bufete Popular.

– Profesor de Derecho Internacional Privado, Usac (1945-1960)

– Miembro del Consejo Superior de la Usac en representación del Colegio de Abogados.

– Fundador y Primer Director del Instituto de Antropología e Historia de Guatemala (1947 y 1949).

– Miembro del Consejo Directivo del Instituto de Antropología e Historia (ad honorem) (1949).

– Miembro de la Comisión para la Codificación del Derecho Internacional (ad honorem) (1951).

– Abogado Consejero de Guatemala ante la Corte Internacional de Justicia (1954 y 1955).

– Consejero de Estado (1955 y 1957).

– Ministro de Relaciones Exteriores (1957 y 1958).

– Miembro del Consejero Consultivo del Seminario de Integración Social Guatemalteca, (ad honorem) (1955).

– Consejero de Estado (1970 y 1974).

– Ministro de Relaciones Exteriores (1974-1978).

– Presidente del Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica (1972).

 Nuestro padre tenía una vida ejemplar, fue por ello que vuestro Embajador Máximo Cajal y López, quiso contactarlo y lo buscó incansablemente. No entraré a discusiones contigo, porque sabes perfectamente nuestra postura. Voy a hacerte memoria: cuando llegaste a mi casa a presentar tus condolencias de manera oficial, en compañía de Pedro Bermejo, el mismo 31 de enero de 1980, mi madre denunció a Cajal ante ti y ante todos, que el Embajador Cajal había puesto una trampa a mi padre en la Embajada de España, pues con la excusa de un Congreso de Notariado Internacional, lo había buscado insistentemente para asegurarse de tenerlo cautivo ese terrible día. Por ello, fue tomado como uno de los rehenes y sacrificado, porque sabía que su nombre resonaría internacionalmente. Al responderle con evasivas, mi madre te pidió que abandonaras nuestra casa, porque no podía reconocer en ti, al amigo de mi padre. Tan solo apareciste como un despiadado e inescrupuloso funcionario, que defendía los intereses del Embajador Cajal. Pero lo que menos podíamos esperar de un profesional, fue tu actitud en la misa del sepelio de mi padre, cuando te acercaste a mi hermano y le expresaste: “Es mejor que no sigas removiendo más este asunto, porque bastante sangre ha corrido ya, para que sucedan más tragedias en tu familia”. –¿Qué querías insinuarnos?– ¿Acaso crees que somos cobardes mentirosos?