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Vivir entre ruinas: en Siria, el patrimonio se reutiliza como vivienda


Ante las adversidades y el duro panorama en los campos de refugiados, los vestigios romanos se han convertido en casas.

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Abdelaziz al Hassan y su familia plantaron su tienda entre muros de piedra y columnas derruidas. El aislamiento de las ruinas bizantinas y romanas les pareció una buena alternativa a los campos a rebosar de refugiados de la guerra que hay en el noroeste de Siria.  Como ellos, una decena de familias viven desde hace meses entre los vestigios del pueblo de Baqirha, que forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. 

Huyen de la ofensiva que llevó a cabo a finales de 2019 el régimen sirio y su aliado ruso contra el último gran bastión yihadista y rebelde de Idlib (noroeste de Siria). “Escogí este sitio por su tranquilidad, lejos de los campos atestados donde proliferan las enfermedades”, se justifica, en este tiempo de pandemia, Hassan, padre de tres hijos.

A su espalda solo tres paredes de piedra blanca se mantienen en pie. Una cuerda sirve de tendal y los restos de las columnas adornan el suelo entre capiteles corintios y zócalos esculpidos.  La tienda de lona de Hassan se erige a cielo abierto entre los muros de un templo romano. Un panel solar les da energía.  

Según los historiadores, el templo de Baqirha, llamado Zeus Bomos, fue construido en el siglo II para acoger a peregrinos. En la época, la región era rica gracias a la producción de aceite de oliva. 

Abdelaziz al Hassan, originario del sur de la provincia de Idlib, llegó hace un año aquí, junto con su cuñado, huyendo de un bombardeo del régimen.  Las operaciones del régimen y de su aliado ruso, que se suspendieron en marzo de 2020 tras el alto el fuego negociado entre Moscú y Ankara, empujaron al exilio a cerca de un millón de personas, que viven actualmente en campamentos informales al norte de Idlib.   

El cuñado de Hassan, Saleh Jaur, vive también con sus hijos en las ruinas, tras abandonar su pueblo después de la muerte de su mujer y uno de sus hijos en un bombardeo. “Escogí este sitio porque está cerca de la frontera turca. Si pasa algo, podemos cruzar a pie”, afirma este hombre de 64 años. 

Desde el inicio del conflicto en 2011, muchos de estos lugares han sido víctimas de saqueos y bombardeos. Los responsables del pueblo vecino, que se encargan de vigilar el sitio arqueológico, pidieron a las familias que se fueran del templo, lo que ellas rechazan hasta que no les ofrezcan otro alojamiento. “¿Dónde ir, sino, a vivir en la calle?”, explica Hassan.

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