Lunes 17 Abril 2017
La Columna

Las empanadas de leche

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger

No conocí a mi abuela, pero tras la muerte de la última de las tías solteras, acompañé a mi padre a desmantelar aquella inmensa casa de paredes color amarillo canario y con un árbol de granada en el patio, en donde años atrás había muerto también mi abuela, cuando la enfermedad la amarró a la cama, de la que ya no se pudo librar.

Durante varios meses, nos reuníamos por las tardes en lo que había sido el comedor de la casa a inventariar una infinidad de objetos, irónicos sobrevivientes de sus efímeras dueñas. Contamos los platos de loza con orillita azul, y los más antiguos, con pájaros volando en las orillas. Los juegos descabalados de cubiertos y de copas, unas verdes altas y otras rojas de murano, y los objetos de china que habían navegado junto a mis tías, como talismanes o quizás ombligos, de aquí para allá, en sus múltiples travesías, hasta terminar por fin en Guatemala.

Después de vaciar alacenas, consolas y trinchantes, pasamos a los roperos y armarios de la casa, aún amarrados con mecates a las paredes por aquello de los temblores. Allí conocí a mi abuela. Y digo allí, porque en aquellos enormes armarios de color negro profundo, como catafalcos, mi abuela y mis tías habían guardado celosamente gran cantidad de escritos, fotos, cartas, periódicos, postales, estampitas de santos y novenarios, que a mí me parecieron de lo más sorprendente y alucinante, como aquella postal que muestra a Santa Bernardita en éxtasis, con los ojos saliéndosele de las órbitas, con un área muy blanca alrededor de su cuerpo en la gruta, ante la presencia invisible de la Santísima Virgen.

Mi padre no soportó aquella avalancha de recuerdos y nos dejó a nosotras, las mujeres más jóvenes, la aventura de deshacernos de todos aquellos vestigios, que en otro tiempo habían sido parte de la vida, el amor, la angustia, o la alegría de mis tías y abuela. Y resultó ser que por cosas del destino y gracias a esa manía que tenían las tías de guardarlo todo, y que en alguna forma he heredado, aquellos mundos de papeles, mapas, tiquetes, programas de teatro, etcétera que para muchos les hubiera resultado totalmente inútiles e intrascendentes, se convirtieron para mí, en uno de los mejores legados de mi familia, por lo que significa para conocer mi pasado e ir hilvanando la memoria.

No conocí a mi abuela en persona, pero a través de aquellas cartas y postales de caligrafía perfecta, supe que era extremadamente cariñosa. Que la vida la había vuelto mística debido a la muerte escandalosa de su hermana, que sufría de mareos cuando viajaba en carro, y que al igual que mi madre, odiaba a Ubico porque mi padre debía de responderle siempre rápido, sumiso y sin mal modo. Una de sus cartas, la más amorosa dirigida a su madre, recordaba el momento cuando en París conoció a mi abuelo. Ella vestida de blanco y tapasol celeste, a la salida de misa de doce, de San Sulpicio, cuando solo tenía dieciséis años.

Ella hablaba el francés tan bien como el español, y aunque viviera lejos de la patria, cada vez que llegaba la Cuaresma sacaba su viejo cuaderno de recetas chapinas y en su casa se armaba el revuelo, porque era época de hacer las empanadas de leche y bacalao en salsa roja, con aceitunas y chiles morrones, porque aunque no hubieran procesiones, ni incienso ni olor a perfume de corozo, por lo menos podían sentir y recordar a la patria con el paladar.

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